Para pensar sin pensar



"Aquellos que atraviesan el umbral del cielo,

no son seres carentes de pasiones

o que se han sometido a las pasiones,

sino quienes las han cultivado

y las han comprendido."


William Blake



20 de enero de 2015

Juzgar los juicios



No podemos conocer la experiencia de nadie más. Nunca. Aquello que creemos o sentimos o "sabemos" que el otro está experimentando es nuestra propia suposición, nuestra propia opinión, nada más —nuestro propio sueño acerca de su sueño, un sueño dentro de otro sueño. Un sueño recurrente. Podemos ser testigos de su comportamiento, podemos ver cómo habla y actúa, podemos "leer" su lenguaje corporal, podemos escuchar sus historias, podemos sacar conclusiones inteligentes y tener reacciones viscerales; pero definitivamente debemos tener la humildad de admitir que jamás podremos saber por aquello que está pasando, lo que está sintiendo, y siempre nos terminaremos quedando sólo con nuestra propia experiencia, con nuestra propia intuición y suposición, con nuestro propio sueño acerca de su sueño, con nuestro propio criterio y juicio. 

No podemos conocer la experiencia de los demás. Nadie tiene autoridad sobre la experiencia de nadie, y cuando nos despertemos de este espejismo, podremos entrar en comunión con los demás tal y como están en ese momento, no como los estamos juzgando o como deseamos que estén. Se trata de "mantenerse al margen de cualquier conclusión" y descansar profundamente en la intimidad de nuestra propia experiencia.

En realidad nunca podemos juzgar a los demás, nunca podemos asegurar realmente que alguien está "iluminado" o no, o hacer el juicio de "qué tan lejos" ha llegado dentro de su propia evolución, o decir "qué tan libre está del sufrimiento", o "qué tan claramente" percibe las cosas, ya que este sería nuestro propio sueño, nuestra propia opinión, nuestros propios "asuntos" inconscientes proyectados. Qué tan rápido sacamos conclusiones acerca de los "demás", y después nos aferramos a esas conclusiones como si fueran la Verdad. 

A la mente le fascina comparar, juzgar "qué tan despierto" está alguien en comparación a algo llamado "yo", proclamarse iluminado y ver a los demás como menos iluminados. El juicio, o mejor dicho, tomar un juicio como un hecho, es el mecanismo de la no-aceptación, simple y llanamente. La mente es un mecanismo de comparación, y sólo porque nos percibimos a nosotros mismos como "despiertos" espiritualmente, no quiere decir que este mecanismo se haya desactivado. El mecanismo del juicio y la comparación es inmensamente creativo y siempre encontrará maneras discretas para seguir operando. ¡Ay de aquel que se proclame y juzgue a sí mismo como "espiritualmente completo", y libre de sufrimiento, y libre de un "yo", y después juzgue a los demás como todo lo contrario! ¡Oh, la ironía! 

Y, sin embargo, aquello que somos, observa todo esto, observa el mecanismo de comparación y juicio, pero jamás juzgándolo, esto que somos es incapaz de juzgarlo e incapaz de juzgar el juicio como "malo" (¡qué juicio!), descansando silenciosamente en el fondo, con sus pies en alto en el sofá cósmico, sonriendo en secreto mientras todo el juicio y el no-juicio humano y toda la habladuría acerca de los juicios se despliega, mientras se establecen y se disuelven todas las conclusiones, mientras juzgamos a otros como más o menos que nosotros, como superiores e inferiores, y olvidamos que sólo estamos juzgando humanamente y que no estamos recibiendo privilegios secretos por parte del universo a través de nuestras antenas del despertar. Somos humanos, demasiado humanos, independientemente de lo divinos que seamos. 

Aquello que en verdad somos siempre está en profunda paz, más allá de las conclusiones, y siempre gozando el juego de la humanidad en su propia pantalla de televisión cósmica, incluyendo todos los anuncios publicitarios. Relativamente, podríamos encontrarnos a nosotros mismos juzgando a otros, comparándonos con otros, juzgando que estamos más "despiertos" que los demás, juzgando a nuestro Dios o a nuestras Enseñanzas, o incluso a nosotros mismos, como lo Sólo y lo Único y, relativamente hablando, esto podría ser algo para tomarse en cuenta, para generarnos la curiosidad, para explorar, para hacernos conscientes de, sin importar qué tan "despiertos" creamos estar.

¿Cómo es que nos estamos separando de los "demás", aunque no haya "otros"? Sin embargo, en última instancia, aquello que somos permite todo esto, acoge todo este drama abrumador en la palma de su mano, envuelve todo en su abrazo de perdón, lo ama hasta la muerte, literalmente, así como esta maravillosa paradoja de la existencia, lo que siempre cambia y lo que nunca cambia para nada, toda esa danza del Amado. E incluso el instante cuando ese juicio se disuelve...


Fuente: Jeff Foster - Life without a centre
 

La neurociencia ya puede predecir el comportamiento. Pero, ¿debe hacerlo?



Leer la mente es tal vez la aplicación más futurista, y más estremecedora, de las técnicas de neuroimagen que están ahora mismo en rápido desarrollo. Pero hay otra que puede ser más útil a corto plazo: la predicción del comportamiento. Los neurocientíficos ya están en condiciones de utilizar una serie de medidas de la funcionalidad cerebral (neuromarcadores) para vaticinar el futuro rendimiento educativo de un niño o de un adulto, sus aptitudes de aprendizaje y sus desempeños favoritos. También sus tendencias adictivas o delictivas, sus hábitos insalubres y su respuesta al tratamiento psicológico o farmacológico. El objetivo de los científicos no es llegar a la sociedad policial caricaturizada en Minority Report, sino personalizar las prácticas pedagógicas y clínicas para hacerlas mucho más eficaces y serviciales para la gente.

“Durante más de un siglo”, escriben en Neuron el neurocientífico John Gabrieli y sus colegas del MIT (Massachusetts Institute of Technology, en Boston), “comprender el cerebro humano ha dependido de daños neurológicos acaecidos de manera natural, o de las consecuencias imprevistas de la neurocirugía”. Gracias a ese tipo de casos, algunos muy famosos entre los neurólogos, se pudo determinar el papel esencial para el lenguaje que tiene el córtex prefrontal izquierdo (la célebre área de Broca), por ejemplo, o las áreas implicadas en el comportamiento social, la toma de decisiones o la construcción de nuevas memorias.

Pero esta cartografía de las funciones mentales ha experimentado una explosión en tiempos recientes con el advenimiento de las técnicas no invasivas de neuroimagen, que han descubierto en miles de experimentos las áreas –y asociaciones entre áreas— implicadas en la percepción, el conocimiento, el pensamiento moral, el comportamiento social o la toma de decisiones económicas. También las peculiaridades de la estructura y la función cerebral que subyacen a los trastornos psiquiátricos más comunes, y a la mera diversidad humana que se distribuye dentro de la horquilla 'normal' y depende de la edad, el sexo, la personalidad y la cultura. Y también de la genética.

Lo que proponen Gabrieli y sus colegas del MIT es utilizar ese acervo tecnológico capaz de medir la neurodiversidad humana para predecir el comportamiento futuro de las personas. “Esa predicción”, dice Gabrieli, "puede constituir una contribución humanitaria y pragmática para la sociedad, pero ello va a requerir una ciencia rigurosa y una serie de consideraciones éticas”.

Por ejemplo, un tipo de medida con un simple casco de electrodos (completamente no invasiva y llamada ERP, o potenciales relacionados con un suceso), realizada a las 36 horas del nacimiento del bebé y que determina su respuesta cerebral a los sonidos del habla, es capaz de predecir con un 81% de acierto qué niños desarrollarán dislexia a los ocho años. Y por tanto permitirían aplicar programas educativos especiales a esos niños durante los primeros ocho años de vida, un periodo crucial para el aprendizaje del lenguaje y la comprensión de la lectura. Estrategias similares pueden aplicarse al aprendizaje de las matemáticas y la música, donde también las diferencias entre niños son notables.

Otro ejemplo importante es la predicción de las tendencias delictivas. Esto es cualquier cosa menos una novedad. “El sistema judicial”, explica Gabrieli, “ya está plagado de solicitudes (por parte de los jueces, del fiscal o de los abogados de una de las partes) de predicción del comportamiento futuro del procesado, que se utilizan para elaborar dictámenes sobre qué fianza imponer, qué sentencia dictar, o qué régimen de libertad condicional imponer”.

Todo esto ya existe, pero se basa en dictámenes de expertos que, actualmente, resultan tremenda y demostradamente imprecisos. Los análisis de neuroimagen que miden el grado de impulsividad del sujeto, su control cognitivo y su capacidad de resolución de conflictos cognitivos, entre otros, tienen el potencial de informar la decisión del juez con una precisión mucho mayor que los actuales dictámenes de expertos. Son solo algunos ejemplos de las posibilidades de esta técnica.

Y que sirven también para revelar los profundos y delicados problemas éticos que suscita esta propuesta de los científicos de Boston. La cuestión principal es encontrar formas legales de garantizar que toda esa información predictiva se utilice para ayudar a los ciudadanos, y no para que las empresas o las instituciones seleccionen a la gente que tiene más probabilidades de éxito. Este, de hecho, es un problema tan difícil que cabe preguntarse si la neuroimagen va a causar más daño que beneficio social.

Pero Gabrieli y sus colegas no lo creen así, por la sencilla razón de que las prácticas actuales son ya muy cuestionables. “Se ha demostrado”, arguyen los científicos, “que las decisiones sobre libertad condicional que toman incluso los jueces más experimentados vienen afectadas por factores como la hora del día y la proximidad de la hora de comer”. Un criterio objetivo de neuroimagen siempre será mejor que esa ruleta, opinan los investigadores del MIT.

Toda nueva técnica plantea en el fondo el mismo dilema ético: que se puede usar bien o mal. Si la experiencia sirve de algo, cabe predecir que al final ocurrirán ambas cosas. Aquí hay material para guionistas inteligentes.

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Fuente: http://elpais.com/elpais/2015/01/12/ciencia/1421053581_532953.html
 



14 de enero de 2015

De revolución a Evolución


El desorden externo es solo un resultado de nuestro desorden interno. Las injusticias sociales, la discriminación, el abuso de la clase dirigente, el abuso de quienes tienen el poder económico, todo es producto de una falta de conciencia.

Bastaría entonces con incitar en cada uno de nosotros un salto de conciencia. Pasar de la conciencia individual a la social/comunitaria, y porque no, a la conciencia cósmica.

Una revolución externa que no va acompañada de una re-evolución interna de los involucrados, es, en el peor de los casos, un simple movimiento de gente que desborda en el caos y que no tiene rumbo alguno. Es cierto que con cada manifestación, con cada nuevo movimiento, algo se mueve en nuestro interior. Sin embargo no hay que olvidar que la raíz de los problemas sigue estando dentro de nosotros.

Somos responsables de lo que pasa en el mundo. Que exista gente que muera de hambre, que muera por no tener medicamentos, que se deforeste la selva amazónica, que se construyan gigantescas represas, es mi responsabilidad. Soy yo el que prefiere usar el auto para andar 2 cuadras, soy yo el que tiene todo el día la televisión prendida, soy yo el que consume productos inútiles que generan un gasto de energía innecesario, soy yo el que se alimenta de comida basura.

Cambiar lo que no nos gusta del mundo, pasa por cambiar primero lo que no nos gusta de nosotros mismos. El planeta es un espejo, lo único que hace el ambiente es decirnos como estamos adentro. Si el agua de mi país se está contaminando, en realidad soy yo el que está contaminado. Un ser sano, se relaciona sanamente con su entorno.

Seamos entonces concientes de que las revoluciones, cualquiera sea la bandera que enarbolen, son oportunidades de evolución interna. En la medida que realicemos ambos procesos, el trabajo interno y el trabajo externo, nuestras peticiones serán escuchadas, y la revolución producirá Evolución.

Por Nicolás Tamayo


11 de enero de 2015

Lo que ahora toca, trascender lo visible


Deslumbrar no es el objetivo; las luces lejanas de la ciudad nada nos cuentan de lo que se cuece en el interior de ella, que es lo importante del conocer.

Tener conciencia no es tener poder, es crear las condiciones para que se ponga de manifiesto el tesoro escondido que nutre e impulsa nuestra capacidad de creación. Es cuidar, en el silencio de su gestación, la obra que nos llama a ser concebida con esmero, dedicación amorosa y respeto hacia el significado que trae para este instante creador.


Dar tiempo a lo que se quiere materializar es respetar el proceso que la hace concebir, nacer, crecer y madurar hasta que ponga de manifiesto su identidad.


Todo edificio construido en función de una fachada está destinado a terminar siendo una ruina. La edificación que permanece es aquella que permite el desarrollo de una vida en su interior. El tamaño y los adornos externos no hablan de sus posibilidades de cobijar, que es su verdadera función.


Los edificios más altos, los que aspiran a tocar el cielo, son los menos habitables y, aunque se vean desde todos los puntos cardinales, no producen deseos de imitación; son elementos solitarios que se alejan sin sombra alguna.


Cuidar lo que somos, descubrir nuestras cualidades, construir la identidad a partir de ellas, buscar el lugar idóneo donde podamos potenciarlas y madurarlas es lo que nos permite definir el lugar que ocupamos en el proyecto colectivo y, dentro de él, reconocer las posibilidades de los otros, también su lugar, junto al enriquecimiento que supone para todos las aportaciones de todas y de todos.


La esencia de lo que somos y la potencia de las cualidades de ese mundo interno que portamos es lo que toca, ya, poner de manifiesto sin condicionantes externos, individual y colectivamente, si queremos seguir evolucionando como individuos plenos, y también como especie y como sociedad.


Es imprescindible, por lo tanto, que la presencia de lo espiritual sea evidenciada como la verdadera fuerza creadora, que salga del anonimato a la que la racionalidad la ha postergado, que seamos rutinariamente conscientes de la trascendencia creadora de todos nuestros actos, que esa rutina diaria se transforme en cultura, llevada a la vida de las aulas, a los talleres, a las industrias y a los servicios; a la política y a la economía y a todo tipo de relaciones. Sólo así, lo invisible se manifiesta y transforma lo visible. 

Por Alicia Montesdeoca


9 de enero de 2015

Creer es crear


Creamos en nuestra vida lo que creemos que nos merecemos. Atraemos con nuestra energía todo lo que nos rodea, personas o situaciones afines a nuestra vibración, que necesitaremos para aprender y evolucionar.

Por ello, es importante tener pensamientos positivos y visualizar nuestro futuro con optimismo, alegría y sin apego al resultado. Convencidos de que si verdaderamente creemos lo que proyectamos, el universo se encargará de que suceda.

El universo se precipita según tus convicciones, según el amor propio y el amor por la existencia con la que te muevas. Eres tu mejor amigo, el único con el que puedes contar siempre. Y desde ahí, en un instante, ese amor se hace extensivo a toda la humanidad, a toda la creación.

Todos tenemos la opción de cambiar nuestras vidas en el modo en que lo deseemos, decidiendo cómo queremos que sea nuestro presente y visualizando cómo anhelamos que sea nuestro futuro. Solo se trata de cambiar nuestras actitudes mentales.

Allí afuera hay un mundo de posibilidades y el milagro se dará cuando estemos centrados en la huella de nuestro camino. Es maravilloso darse cuenta de que somos co-creadores de nuestra realidad y reflexionar sobre nuestra esencia divina. La ley del karma, de algún modo dice que recibimos el efecto de todo lo que causamos. Ser cada día más conscientes de la ley de atracción nos convierte en protagonistas de nuestra vida y nos hace responsables de nuestras acciones y del efecto que éstas producen en nosotros mismos y en los demás.

“Si tú lo has pensado y tú lo has creído, tú lo has creado” y  hoy es una excelente oportunidad de crear un mundo mejor, dando cada día más amor. No te la pierdas.

Por Fabian Motta