Para pensar sin pensar



"Aquellos que atraviesan el umbral del cielo,

no son seres carentes de pasiones

o que se han sometido a las pasiones,

sino quienes las han cultivado

y las han comprendido."


William Blake



28 de mayo de 2015

La conquista de tu libertad


La fragmentación actual de los lazos sociales fomenta un sentimiento de soledad que limita nuestras vidas, no estamos solos, sino que nos sentimos solos. La diferencia es la intensidad y la satisfacción que recibimos en la relación con los otros. 

La soledad está asociada al vacío y la tristeza, causa temor y desesperación sobre todo cuando ha sido postergada durante un largo periodo de tiempo.

La dificultad para estar solo, tanto como las dificultades para relacionarse con otras personas, forma parte de los aspectos centrales de la soledad.

En la vida todos caminamos en soledad

 

Todos en algún momento de la vida hemos transitado por el camino de la soledad, una experiencia de desarrollo personal que nos abre las puertas al despertar interior desconocido. Algunas personas están convencidas de que la soledad es mucho mejor que el hecho de sentirse mal acompañado.

Cuando nos rodeamos de gente nos limitamos a seguir las creencias de los demás para no romper con la dinámica de grupo. La soledad, en cambio, significa abrirse al pensamiento propio y original.

La soledad es la fuente de las inspiraciones

 

Las personas somos seres sociales, pero tras pasarnos el día rodeados de gente, atentos a las redes sociales y conectados al móvil, la soledad ofrece un espacio sanador de reposo.

Algunas personas que han experimentado la soledad han creado obras de arte y han llegado a un grado de concepción de descubrirse a sí mismos.

Tenemos la creencia de que toda creatividad y productividad proviene de un lugar extrañamente sociable. Sin embargo, la riqueza creativa que surge de la soledad es el ingrediente crucial de la creatividad. La soledad para algunas personas es tan importante, como el aire que respiran.

La conquista de tu libertad

 

Cuanto menos solo estás, más te cuesta estarlo, pero solo cuando estás a solas contigo mismo es cuando eres completamente libre.

La vida se organiza y se construye en las relaciones interpersonales. Nuestra conducta está configurada, en gran parte, por la vida con los otros; así como nuestras creencias.

Las relaciones permanentes, generan expectativas, crean lazos y vínculos que consolidan certidumbres y permiten construir un sentimiento de continuidad, de protección y seguridad.

El termino “soledad” está ligado a la situación de una persona que está sola momentánea y asociada al aislamiento, al estado de abandono y a la separación.

Si toleramos el aburrimiento y el vacío seremos capaces de desarrollar algo nuevo y de desintoxicarnos de un mundo lleno de estímulos y de sobrecarga informativa.

La soledad no presenta de modo sistemático una connotación negativa

 

“Estar solo” es algo que se aprende, uno aprende a estar solo, a soportar el sentimiento de soledad y también a aprovecharlo de buena manera.

En el camino de la soledad dejamos ese espacio en blanco para escuchar sin interferencias lo que sentimos y necesitamos.

Es importante no confundir la soledad con el aislamiento, de hecho, aislarse es un modo de evitar la soledad. La soledad no excluye necesariamente al otro, como ocurre cuando uno se aísla de los demás.

Podemos aislarnos de muchas maneras, sin que haya la mínima realización de soledad.

Por lo tanto, no es lo mismo “estar solo” que “sentirse solo”, como tampoco tener muchos amigos significa no estar solo. Lo que cuenta en todo esto es la intensidad y satisfacción en la relación con los demás.

Fuente: http://psicopedia.org/5011/el-camino-de-la-soledad/

27 de mayo de 2015

El valor de los roles


En todo orden de cosas, lo que termina importando es la calidad humana, la propia y la de aquellos con quienes nos relacionamos. No dudo del valor de nadie, ya que al hacerlo dudo de mi propio valor. Sin embargo, a veces las personas ocultan ese gran valor bajo los roles que ejecutan. 

En el fondo todos respetamos los roles, y eso está bien, ya que eso nos aporta orden. A pesar de esto, por lo menos yo, siempre le doy más valor a la persona que está bajo el rol. Soy de aquellos que siguen personas, porque son las personas, y no los roles, los que tienen motivaciones, sueños y convicciones. Son las personas las que me mueven, las que despiertan admiración y, cuando en un grupo humano ya no hay a quien admirar, se cae en la decadencia.

Hago una invitación: contribuye a la calidad humana siendo tú un ser humano de calidad, si no ves afuera alguien que te motive, encuentra en ti aquello que te mueva, ad-mírate tú, porque en ti está esa fuerza que nos une a todos.

Cuando no nos gusta lo que vemos afuera quizás sea hora de mirar hacia adentro. Porque vivimos creyendo que cuesta mucho que eso que está afuera cambie, pero olvidamos el gran peso que cada uno tiene a la hora de contribuir con eso que queremos que cambie.

Ante el malestar de algunos y la indiferencia de otros, propongo eso, recuerda porque tú estás haciendo lo que haces. Sé impecable en tu actuar y decir, porque al final, cuando ya no quede nada de aquello por lo que peleábamos,  sólo nos quedará el recuerdo de aquello que hicimos y eso se traducirá en remordimiento o alegría.

Por Nicolás Tamayo

Fuente:http://www.animalespiritual.com/el-valor-de-los-roles/

26 de mayo de 2015

El poder de la Atención Plena


Días 20 y 21 de Junio, TENERIFE

El objetivo de este seminario, abierto al público en general y creado por el maestro Denkô Mesa a partir del Satipatthana Sutra, texto budista que recoge los fundamentos y principios de la Atención Plena, no es otro que intensificar la capacidad que todos tenemos para ver, sentir y conocer los fenómenos a la luz de la conciencia despierta.

El aprendizaje, desarrollo y cuidado de la Atención Plena proporcionan a las personas que la ejercitan adecuadamente un control y sistema de calidad sobre los distintos procesos cognitivos. Supone el fortalecimiento de un bienestar a nivel corporal, emocional, mental y espiritual de los practicantes. 



20 de mayo de 2015

¿Quién es el jefe?


¿Quién te hace sufrir? 
¿Quién te lastima? 
¿Quién te quita la tranquilidad? 
¿Quién controla tu vida?

Aquí la lista de sospechosos o culpables: padres, pareja, jefe, suegra o todo aquel que no te ha dado lo que mereces, te ha tratado mal o simplemente se ha ido de tu vida, dejándote un profundo dolor que hasta el día de hoy no logras entender.

Pero, ¿sabes? No necesitas buscar nombres. La respuesta es más sencilla de lo que parece. Y es que nadie te daña o te quita la paz. Nadie tiene esa capacidad, a menos que tú se lo permitas, le abras la puerta y le entregues el control de tu vida.

El hombre no sufre por lo que le pasa, sino por lo que interpreta que le pasa. No sufre por la acción de otra persona, sino por lo que siente o piensa que la otra persona hizo, por consecuencia directa de habérselo permitido.

Y lo más curioso e injusto del asunto es que la gran mayoría de las personas que te “lastimaron”, continúan sus vidas como si nada hubiera pasado; algunas inclusive ni llegan a enterarse de todo el teatro que estás viviendo en tu mente.

Si te pasas la vida cediéndole el poder a alguien, terminarás dependiendo de sus elecciones, convertido en marioneta de sus pensamientos y acciones.

Frases como: “Mi amor, me haces tan feliz”, “Sin ti me muero”, “No puedo pasar la vida sin ti”, son completamente irreales y falsas. Ninguna persona tiene la capacidad de entrar en tu mente, modificar tus procesos bioquímicos y hacerte feliz o hacer que tu corazón deje de latir.

Definitivamente nadie puede decidir por uno mismo. Nadie puede obligarte a sentir o a hacer algo que no quieres. No debes estar donde no te necesiten ni donde no requieran tu compañía. La próxima vez que sientas o pienses que alguien te lastima, recuerda que no es él o ella, eres tú quien se lo permite y está en tus manos volver a recuperar ese control.

Por Fabian Motta


19 de mayo de 2015

El ritmo del semáforo


A veces cuando miro las estrellas, me acuerdo de aquella película “2001 un odisea del espacio” (Stanley Kubrick), y de cómo todos esos cuerpos celestes y naves futuristas giraban sobre sí mismas, envueltas en una danza marcada por el ritmo de un Vals. 

Ambas piezas, la melodía y la película,  sintonizaban  formando una armonía perfecta, profetizando desde distintas épocas, una realidad que podemos  tocar casi aquí y ahora. Algo que siempre me llamó especialmente la atención del film es cómo los dos artistas, tanto Strauss como Kubrick, tomaron como modelopara construir su discurso, no sé si de manera intuitiva o inconsciente,  el comportamiento cíclico de muchos de los fenómenos que nos rodean. Nuestra existencia se apoya continuamente en estructuras cíclicas que marcan nuestro ritmo vital: días, semanas, meses,  estaciones, años, ritmos astrales, ritmos biológicos, ritmos naturales. ¿De qué forma participamos en ellas? ¿Cómo condicionan nuestro ritmo vital? ¿Cada uno poseemos un ritmo vital?. El ser humano se esfuerza por estudiar cómo estos ritmos heredados nos influyen y marcan nuestras vidas.

Como humanos desde antes de nacer necesitamos mucha ayuda para satisfacer nuestras necesidades, pero una vez resuelto este pequeño inconveniente, -Hola Mamá-, nuestro cuerpo parece arreglárselas solo para mantenerse en equilibrio, intuitivamente sabe contactar con los estímulos exteriores y con las sensaciones interiores, un cuerpo sano parece no tener demasiados problemas para conseguir esa Homeostasis. A medida que vamos adquiriendo experiencias esa capacidad de relacionarnos con nosotros mismos y con el entorno empieza tomar cada vez más peculiaridades. Las investigaciones apuntan a que además de una tendencia innata de origen genético, son los estímulos exteriores y sobre todo las relaciones con nuestros semejantes las que empiezan a dar un aspecto singular a nuestra estructura emocional (Bowly). Es lógico suponer que es la atención a la evolución de esa singularidad a la que debe estar atento el cuidador del niño, con el fin de formar parte positiva de ese desarrollo equilibrado y del ritmo adecuado que necesita el organismo para crecer de manera sana. ¿Qué ocurre cuando renunciamos a atender esa singularidad, o cuando como receptores hacemos caso omiso al ritmo peculiar de ese organismo que crece?

Hubo un momento en que el hombre en su carrera por  manipular su entorno para cubrir sus necesidades, empezó a relacionarse con las máquinas, en teoría según la propia filosofía del paradigma tecnológico, para tener una vida mejor, ¿pero a qué precio?. 

En el siglo XIX, en la nación de Prusia, fascinados por el paradigma industrial, idearon desarrollar un sistema  educativo, con la misma filosofía que se implantaba en las plantas de fabricación de cualquier otro producto. Generar ciudadanos con molde muy determinados (manipulables), el mayor número de ellos y lo más rápido posible. Lo mejor de todo es que este sistema se exportó al resto del mundo. ¿Qué pasó entonces con aquella“singularidad”? 

Hoy en día en el mundo occidental, las máquinas nos rodean y forman parte de nuestro día a día, dependemos en gran parte de ellas para satisfacer necesidades tan básicas como: alimentarnos, calentarnos cuando hace frio o incluso para tener relaciones sociales. Compartimos con ellas gran parte de nuestro tiempo y de nuestra cotidianeidad, han entrado en nuestras vidas.  Pero esa relación, como cualquier relación no parece ser unidireccional. ¿Qué es lo que hemos tenido que ceder como humanos para seguir con esta relación idílica?. Recordemos los valores de la máquina: más cantidad, más deprisa, mejor, más perfecto, esfuérzate y lo conseguirás, más cómodo, mas complaciente. Los desarrollos tecnológicos más importantes se dan en periodos de guerra, ¿nos hemos quedado a vivir en la guerra? ¿Nos hemos convertido inconscientemente en ciudadanos soldado?. 

Lo que parece evidente es que es el individuo el que tiene que hacer un esfuerzo por adaptarse a este ritmo homogéneo y vertiginoso, renunciando a su singularidad. Todos cruzamos a la vez el semáforo, todos pararemos a la vez en el próximo que esté en rojo. 

La atención es hacia el exterior, el contacto es con modelos impuestos, se reflejan en el individuo en forma de ideas, introyecciones, emociones vendidas, y cuerpos que no nos pertenecen. ¿Qué pasó con aquella capacidad del neonato para regularse a sí mismo? ¿Qué pasó con la naturaleza heredada? ¿Qué paso con el derecho a nuestra singularidad? ¿Dónde quedó nuestro ritmo?

Por Luis Almarza