Para pensar sin pensar





“En la serenidad emerge lo maravilloso,

en la luz se olvida todo afán.”

Mò zhào míng

Canto a la Luz Serena




31 de julio de 2014

Pocos deseos




¿Cuál es la Verdad Noble del Origen del Sufrimiento? Es el deseo que renueva al ser y está acompañado por el deleite y la lujuria, deleitándose en esto y aquello: en otras palabras, anhelando los deseos de los sentidos, deseando el ser, deseando el no-ser. Pero ¿dónde surge y florece este deseo? Donde sea que haya lo que parece deseable y gratificante, allí surge y florece.
Esta es la Verdad Noble del Origen del Sufrimiento. Esta Verdad Noble debe ser penetrada, abandonando el origen del sufrimiento…
[Samyutta Nikaya, LVI, 11]

La Segunda Verdad Noble enseñada por Siddhartha Gautama afirma que hay un origen del sufrimiento y que se encuentra en el apego a las tres clases de deseo:

  • deseo por el placer de los sentidos (kama tanha) Por ejemplo, cuando estás comiendo, si tienes hambre y la comida sabe deliciosa, puedes ser consciente de querer tomar otro bocado. Es una avidez compulsiva.
  • deseo de existir (bhava tanha) podemos estar atrapados en un reino de ambición y logro personal,  por ejemplo en el deseo de convertirse en alguien o llegar a ser una persona reconocida. 
  • deseo de deshacerse de algo (vibhava tanha) Cuando nos desilusionamos con el intento de llegar a ser algo, entonces está el deseo de deshacernos de las cosas. También aparece en la vida espiritual cuando uno pretende ser muy pretencioso: ‘Quiero deshacerme de, aniquilar y exterminar estas corrupciones.’ En este sentido se muestra la práctica de zazen como una meditación contemplativa no manipuladora.

Como vemos, en la tradición budista e hinduista se habla de TANHĀ cuyas posibles traducciones son "sed, deseo, anhelo, querer, ansia, añoranza, avaricia". Esa sed de existir se debe a un vacío en el fundamento de nuestro ser. Es como un pozo sin fondo, algo así como los agujeros negros que los astrónomos creen que se hallan en el centro de la mayoría de las galaxias. No tiene fondo porque nuestro sentido del yo es un constructo que no puede hallar fundamento. (…) El problema es la "sed", no la vacuidad de nuestro ser, sino nuestros incesantes esfuerzos por llenar ese agujero. Así que por mucho que hagamos, todo acaba siendo tragado por ese pozo y nos sentimos como al principio. Es una sed que no puede ser colmada, ni satisfecha, la imagen ese pozo sin fondo es imposible de llenar porque queremos hacer real por todos los modos posibles a nuestro querido yo.

Dicho esto, por lo general igualamos el sufrimiento al impulso del deseo, pero el deseo no causa sufrimiento; la causa del sufrimiento es el aferramiento al deseo que a su vez condiciona la aparición del apego o de su opuesto, el rechazo. Cuando nos vemos inclinados por el apego, lo que queremos en realidad es que la sensación permanezca a lo largo del tiempo. El apego condiciona el proceso del devenir, del querer vivir y querer que algo siga siendo. Proyectamos eso que es ahora hacia el futuro.

La declaración está para reflexionar y contemplarla en términos de tu propia experiencia individual. Se trata de investigar verdaderamente el deseo y conocerlo por lo que es. Tienes que conocer lo que es natural y necesario para sobrevivir y lo que no es necesario para sobrevivir. Podemos ser muy idealistas y pensar que incluso la necesidad de comida es un tipo de deseo que no deberíamos tener. Uno puede ser bastante ridículo en relación a esto. Pero el Budha no era un idealista y no era un moralista. No estaba intentado condenar nada, sólo mostró una opción de contemplación para que pudiésemos ver las cosas claramente y por nosotros mismos. La felicidad no puede obtenerse, satisfaciendo el deseo, pues nuestra sed significa justamente que no tiene fin. La felicidad sólo puede alcanzarse transformando el deseo. Está en tus manos.

Denkô Mesa


30 de julio de 2014

El tejido de la trama humana


Con frecuencia nos pensamos a nosotros mismos como seres separados: Yo soy yo, tú eres tú y el otro es el otro. Cada uno con su vida y su propio devenir, cada uno con sus problemas a cuestas, decisiones, odios o amores. 

Pero resulta que somos un enorme entramado de seres humanos, unidos y entrelazados  como pequeñas uvas que pertenecen a un racimo que pertenece a una vid que pertenece a un conjunto de vides que se mueven suavemente, al compás de una brisa producida por el viento.

Si observamos desde afuera ese conglomerado de jugosas frutas, constataríamos que el movimiento es general y que por lo tanto opera en cada una de las uvas. Es lógico, porque no puede haber algunas uvas que se muevan y otras que no. El viento alcanza a todas las ramas y a todos los frutos.

Sin embargo desde la perspectiva de cada uva, las cosas se viven de otra manera. Cada uva cree que es autónoma. Es más, las uvas no tienen conciencia de estar totalmente entramadas en kilómetros de vides, ni que dependen de los movimientos de las demás tanto como las demás dependen del movimiento de ellas. Tampoco saben que el viento no es ajeno, ni el sol ni la lluvia ni los días ni las noches. Si no que por el contrario, todos ellos hacen parte del ser uva.

Esto que nos parece tan obvio y evidente frente a una hermosa planta florida nos resulta inabarcable cuando nos remitimos a nuestras pequeñas vidas humanas. Porque todos nos creemos uvas. Suponemos que somos autónomos, que nuestros movimientos son pura expresión de nuestra individualidad.

Que cada uno de nosotros vive lo que le place, decide a solas con su almohada, organiza y desarma con su propia varita mágica como si no dependiéramos de los racimos humanos que a su vez dependen de otros grandes racimos humanos pertenecientes a misteriosos movimientos que bailan el vals del viento.

Pocas veces logramos tener un claro registro de la pertenencia a la red, así como la uva no puede imaginar la inmensidad de la vid. Nosotros no registramos que la Tierra gira sobre su propio eje todos los días ni que se traslada alrededor del sol en apenas un año.

Cuando algo importante nos sucede en la vida, también modifica a nuestros padres e hijos, a amigos y enemigos. No importa a quién le acontece porque está inscrito en el destino de ese complejo entramado. Todos nos modificamos y todos dejamos de ser quienes éramos porque el viento o la lluvia o el granizo o el calor nos han cambiado para siempre. Al entramado. No al sí mismo. O tal vez hemos sido nosotros que hemos cambiado para siempre el destino de la lluvia o del sol. ¿Quién sabe?

Por Laura Gutman

Fuente: http://www.animalespiritual.com/el-tejido-de-la-trama-humana/
 

24 de julio de 2014

Serénate



 Sólo hay algo que no tiene
mi espíritu como el mar:
las cóleras.
No hay en mí
ya vientos de tempestad
ni espumas rabiosas.
Nada te puede encolerizar,
mar muerto, mar de mi alma,
mar de la Serenidad.

AMADO NERVO




El Buddha dice: “Si ustedes buscan el gozo y la paz en la serenidad y tranquilidad del no-hacer, deberían mantenerse apartados de los disturbios y habitar solos en un lugar tranquilo...

En cierto modo, este pasaje significa exactamente lo que dice, pero cuando lo examinamos de cerca, encontramos que también significa mucho más. Por ejemplo, “estar apartado de todos los disturbios”. ¿Dónde hay un lugar así? ¿Y qué clase de “disturbios” tenemos? “Habita solo”; ¿qué significa “solo”? ¿Qué significa “en un lugar tranquilo”?

Estar “solo” significa realmente ser tú mismo, estar sereno y calmo e imperturbable. Toda nuestra vida es una sola vida, eso es el “solo”. Si pudiéramos realmente estar “solos” (todo-uno), todos nuestros problemas y dificultades no nos perturbarían.

Por otro lado, cuando leemos una frase como ésta, “Habita solo en un lugar tranquilo” parece que nos está diciendo que vayamos a algún sitio en las montañas donde no vive nadie y que allí nos hagamos tranquilos y pacíficos. Pero, ¿se puede realmente conseguir esto? Probablemente estarías más perturbado. Al caer la noche, escucharías o sentirías la presencia de los animales o simplemente silbaría el viento. Durante el día, incluso el sonido de las hojas al caer podría perturbarte. No tener un lugar confortable para descansar, podría perturbarte. Es más bien una cuestión de cómo hacernos calmos y serenos, sea donde sea que nos encontremos.

La etimología del término latino SERENIDAD (serenitas) proviene del griego “SOSEGAR”, entendido como “hacer descansar o asentarse”, verbo que deriva del infinitivo sedere que se traduce como “estar sentado”. Es curioso que sosegarse sea en principio estar sentado, lo que tiene mucho que ver con la meditación (verdadero descanso cuando te permites dejar de pelear) En cualquier caso en la tradición zen se trata de permanecer en este estado interno de recogimiento y participando a la vez con todos los acontecimientos. Por ello, la práctica de la atención serena no puede reducirse únicamente al hecho de estar sentados de cara a la pared, sino que igualmente se enseña la actitud correcta al caminar, estar de pie o al acostarse incluso.

El desperdicio del tiempo ocurre frecuentemente cuando correteamos de un sitio a otro y agotamos nuestras energías. Zazen: za significa “sentar”, zen deriva del término sánscrito dhyana, que significa “pensar tranquilo (quieto)”, “contemplación”. Aquietar tu condición interna es ZEN. Aquietar la condición externa, la condición física, es ZA, “sentar”. Lo opuesto de ambos es “corretear de un sitio a otro”. Un trompo proporciona una analogía interesante. Cuando no lo hacemos girar correctamente, se bambolea y gira por todo el piso. Pero cuando lo hacemos girar correctamente, se queda en un solo lugar y no se pasea. No significa que el trompo no esté activo.

El peor enemigo de la serenidad ha sido siempre el excesivo predominio del racionalismo individualista. La mente sin serenidad está enferma. La razón acompañada de la serenidad nos permite descubrir que dentro de nosotros mismos tenemos una realidad que va más allá de los pensamientos.  El déficit en voluntad y en serenidad de la sociedad actual es lo que nos conduce a gran sufrimiento y a graves trastornos psicológicos. La persona serena conserva la calma sin desesperarse, ni desanimarse. Enfrenta los problemas uno a uno, estudiando a fondo cada asunto y tomando alguna decisión. Después actúa con precisión y certeza. La serenidad va de la mano de la ponderación y de la objetividad. No hace tragedia de pequeños sucesos negativos. No dramatiza. Mira los sucesos con realismo, con ánimo positivo.

            Había una vez un rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.

         La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas placidas montañas que lo rodeaban. Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos quienes miraron esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.

         La segunda pintura también tenía montañas. Pero estas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico.

         Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en su nido...

         ¿Paz perfecta...?

         ¿Cuál crees que fue la pintura ganadora?

El Rey escogió la segunda.

         ¿Sabes por qué?

"Porque," explicaba el Rey, "Serenidad no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Serenidad significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la serenidad.

_________________-

Denkô Mesa
Enseñanzas 



21 de julio de 2014

Ensimismamiento

Conectados


Ensimismarse es fácil. Uno se mete dentro de sí mismo, explora, rumia, anticipa, visualiza, medita o contempla, está en contacto con aspectos que solemos llamar interioridad. A veces se empieza por el vuelo de una mosca, por un bello atardecer o simplemente por hacer la lista de la compra del fin de semana. Lo habitual, empero, es permanecer conectados a nuestros pensamientos y emociones. Intentamos descubrir lo que nos pasa, dialogamos con nosotros mismos, nos peleamos virtualmente con los que nos han ofendido, construimos expectativas o sufrimos por imágenes anticipatorias que probablemente nunca ocurrirán: nada acaba siendo tan ensimismante como el miedo y el sufrimiento anticipado.


Otro efecto del ensimismamiento lo sufren aquellas personas que parecen no vivir en este mundo sino en el suyo. Te miran pero no te ven. Te oyen pero no te escuchan. Por su mente pasa de todo menos lo que existe más allá de su nariz. Si bien es rico cultivar la vida interior, su exceso, permanecer demasiado dentro de la madriguera puede acarrear el acabar siendo poseídos por los fantasmas propios. Hay que cultivar muy bien el alma para discernir los estados de iluminación de los estados ilusorios de la mente.


La introspección, como ya observaron filósofos como Hume o Sartre, revela solo contenidos psicomentales (pensamientos, sentimientos, imágenes) y no al sujeto que los experimenta. Esa conciencia del observador precisa de dinámicas como la meditación o de la intervención de los demás en mostrar nuestras zonas ciegas. Añadamos a todo ello la visión cuántica: si el observador influye en lo observado, al mismo tiempo que se practica la introspección se altera lo que pretende ser advertido.


¡En-si-mismo-miento!


¿Podemos conceder fiabilidad absoluta a aquello de lo que somos conscientes? ¿Y qué ocurre con el inconsciente? ¿Acaso alcanzamos a explicar certeramente muchas de nuestras motivaciones y cambios de humor? ¡Qué fácil es caer en autoengaños, en una especie de en-si-mismo-miento! Como intuyó Heráclito, no encontraremos los confines de la psique por más que viajemos en cualquier dirección, tal es la profundidad del conocimiento.


Hay que reconocer que dentro de la madriguera se está muy bien. No hay que hacer papel alguno; no hay que quedar bien con nadie; no hay que hacerse cargo de obligaciones, ni actuar con el riesgo de equivocarse. Hay una vida hacia uno mismo, sus intereses, ritmos, apetitos, deseos y necesidades. Es la vida del ego. Hay que diferenciarla entonces de la vida interior.


El cultivo de la interioridad tiene más que ver con la idea de “hacer alma”, de embellecerla, de saberse generar estados de bienestar, de comprender ética y compasivamente al otro, de ahondar en aquello que somos cuando hemos quitado todas las capas de definición posible. Así, la madriguera pueda convertirse en un refugio o, por el contrario, en la cocina donde se gesta quien queremos ser. Como refugio nos encerramos y protegemos. Como cocina, nos mantiene en un estado de construcción, de intenciones y de pasiones que mezcla sin temor la interacción con los demás y con el mundo.


Sal de ti


Hay que reconocer que dentro de la madriguera, además de estar tranquilos aunque probablemente solos, se puede dar rienda suelta a nuestras mayores fantasías, muchas de las cuales han dado al mundo canciones, cuadros pictóricos, esculturas o reflexiones que han llegado a transformarlo. El genio debe habitar dentro de su lámpara mágica. Solo que demasiado tiempo en su interior, el personaje acabará consumiendo a la persona. La mitología contemporánea está llena de seres que, al confundir sus creaciones consigo mismos, sucumbieron al error de identificarse con las imágenes que habitaban en sus mentes. Lo que para el público es arte, no dejan de ser las sombras, delirios y anhelos del artista.


De la madriguera se sale por el mismo lugar por el que se entró. Uno surge sin ser aquel que ingresó y viceversa. La relación dentro-fuera forma parte de nuestro estar en la vida. Demasiado fuera nos diluye. Demasiado dentro nos desfigura. Cada uno debe encontrar la manera de manejar ese flujo incesante que nos lleva a ambos lados del refugio.


No obstante, dudo que por una vez se pueda anteponer el punto medio aristotélico. El cultivo de la interioridad es un proceso que nadie puede hacer por nosotros, ni nada de lo que existe ahí afuera será suficiente para hacernos a nosotros mismos. La confianza propia se adentra en nuestras fortalezas interiores. La capacidad de sostener todo aquello que ocurra en las tempestades existenciales tiene mucho que ver con el sostén creado por los valores que encarnamos.


No eres tú, somos todos


Todos practicamos algún tipo de estado de ensimismamiento aunque su propósito diverja. A veces solo buscamos un ratito para con nosotros; hacerle hueco a nuestro cuerpo para que respire y a nuestra alma para que se encuentre. Otras veces, en cambio, la escudriñamos adrede para conquistarla, para llevarla allá donde habita el espíritu. El resto de ensimismamientos son productos de la vida moderna: que si la tele, que si la crisis, que si algún día nos tocará la lotería. O, como el caso de la señora preocupada por su pareja, un ego espiritualizado que confunde la luz con el deslumbramiento.


Hay vida dentro y hay vida fuera. En ambos lados disponemos de un mundo para conocer y desarrollar. La clave consiste en estar en contacto con todas las vivencias que nos son posibles. Todas son necesarias, aunque ninguna suficiente por sí misma. Para devenir personas el contacto humano es básico, como también lo es la imaginación y, por descontado, nuestra capacidad de crearnos. Hay tanto por vivir que cuesta entender que dediquemos tanto tiempo al ensimismamiento que solo sirve para distraernos de lo que realmente importa. A veces es mejor dejarse en paz.

___________________________________________________

Fuente: http://www.vanguardia.com.mx/cultivodeinterioridadestamosensimismados-2119742.html




20 de julio de 2014

Sin nuestra brújula interna vamos perdidos


Aunque todas las religiones y sistemas morales del mundo apuntan al desarrollo de la capacidad de amar, es decir, ponderan la inteligencia al servicio de la reciprocidad y el altruismo para que cada individuo ofrezca al prójimo lo mejor de sí mismo en beneficio de la comunidad entera; la realidad es que colectivamente caminamos por un surco básico, estúpido y lineal del que tenemos muchas dificultades para apartarnos.
 
La mayoría de las personas respondemos a ideas comunes que funcionan en automático, más ligadas al miedo que a cualquier otra cosa. Miedo a ser diferentes, miedo a pensar con autonomía, miedo a reflexionar y a hacernos responsables de nosotros mismos. Es más fácil ser parte del rebaño que hacerse cargo de la propia individualidad.

Sin importar qué área de la vida cotidiana abordemos, es sencillo registrar el nivel de automatismo de pensamiento que conservamos. Todos pensamos lo mismo en relación a la educación, la crianza de los niños, la alimentación, la cultura, las escuelas, el valor que otorgamos al ascenso social ligado obviamente al incremento patrimonial.

Todos pensamos más o menos lo mismo respecto al amor romántico, a la infidelidad sexual, a los celos entre hermanos, a la idea de justicia, a lo que es pecaminoso o ilegal, a la división entre el bien y el mal. Quiero decir que sin darnos cuenta opinamos lo mismo, organizamos nuestras vidas en base a los mismos parámetros culturales y sufrimos aprisionados por las mismas leyes auto impuestas a falta de reflexión, autonomía y libertad.

Posiblemente, el hecho que todos caminemos por el mismo surco en todas las áreas de la vida, es consecuencia de no haber tenido la oportunidad de auto regularnos desde el momento mismo del nacimiento. Es decir, hemos perdido nuestra brújula interna, que es la madre de todas las brújulas.

Si no podemos comer cuando tenemos hambre, si no podemos negarnos a comer cuando simplemente el apetito no aparece, si no podemos resarcirnos en brazos de nuestra madre cuando la necesitamos, si nuestro pulso vital interno no se despliega y nos vemos obligados a acomodarnos a reglas externas, luego cualquier mandato, cualquier camino, cualquier decisión va a ser impuesta fácilmente porque no tendremos registro del propio ritmo. Las pautas externas funcionan en nuestro mundo porque no permitimos al niño recién nacido ni al niño algo mayor, respetar sus impulsos básicos, hasta que los olvida por completo. Y a partir de ahí, estamos perdidos.

_____________________

Por Laura Gutman

Fuente: http://www.animalespiritual.com/perdidos-sin-nuestra-brujula-interna/