Para pensar sin pensar



"Aquellos que atraviesan el umbral del cielo,

no son seres carentes de pasiones

o que se han sometido a las pasiones,

sino quienes las han cultivado

y las han comprendido."


William Blake



19 de agosto de 2015

Tiempos de espiritualidad líquida

 
Casi todas las religiones tienen algún objeto simbólico destinado a proteger a quien lo lleve encima o mantenga cerca: la cruz cristiana, una estampa de la Virgen, el messusah judío, el tawiz musulmán. Hace siglos, allá cuando los peligros que acechaban eran más concretos que los de hoy, a las autoridades religiosas de los más diversos credos se les ocurrió que esos pequeños amuletos harían sentir más seguros y protegidos a sus fieles. Dentro del shintoísmo y el budismo japonés se usaron los omamori, especie de amuletos o talismanes que aún hoy se venden a la entrada de los templos y que muchísima gente suele llevar colgando del celular, en la cartera o el bolsillo. Son pequeñas bolsitas de tela de seda de distintos colores que contienen, adentro, una plegaria para la buena fortuna, para la salud o para alejar a los malos espíritus, según el omamori del que se trate.
 
Hace poco vi un comercial que me dejó estupefacta. Se filmó sólo para Japón, pero puede verse en YouTube (www.youtube.com/watch?v=o-Uv5ZNk0RE). En el interior de un templo, un grupo de ejecutivos vestidos de traje hacen reverencia ante sus laptops. Un monje shinto golpea un gong que resuena con ecos antiguos. La puerta del templo se abre lentamente y entra una sacerdotisa que camina con paso solemne y trae, sobre las manos, una pequeña pirámide que parece estar formada por guijarros. Hasta ahí, el comercial transcurre en cámara lenta y en tono grave, elevado. Una voz en off dice: "La gente siempre ha pedido seguridad a los dioses. La gente siempre se ha esforzado por salvaguardar su privacidad... Hoy, finalmente, los dioses han respondido a sus plegarias".

En ese momento, la cámara se acerca: la pirámide está formada por decenas de pendrives apilados unos sobre otros. El monje los bendice con un bastón y unos pases de magia, seis sacerdotisas se postran frente a ellos y la voz en off afirma: "La nueva memoria USB queda bendecida para erradicar todos los virus y guardar datos para siempre". La respuesta de los dioses -el nuevo amuleto guardián- está ahí. La música cambia radicalmente: ya no es un gong con resonancias antiguas, sino una canción del grupo pop japonés Dempagumi, al que pertenecen las seis chicas disfrazadas de sacerdotisas. A estas alturas, yo ya no podía evitar sonreír: lo que al principio parecía un comercial muy serio, ahora provocaba ganas de bailar.

La pirámide de pendrives empieza a irradiar luz; uno de ellos asciende por el aire en cámara lenta mientras unos hilos brillantes tejen alrededor de él una primorosa bolsita dorada. La cámara muestra en primer plano un omamori dorado que yo hubiera querido comprar inmediatamente para alejar todo mal y que mi vida aquí en la Tierra tuviera algún sentido.

En el comercial, el enemigo al que tiene que enfrentar el amuleto guardián es un ninja negro que viene a representar un virus, según nos lo explica una flecha y un cartel con letras mayúsculas, para que a nadie le quede la menor duda. El ninja/virus se acerca con la espada erguida a una laptop y, justo en el instante previo a hacerla trizas, el pendrive amuleto, convertido ya en omamori gracias a la primorosa bolsita dorada, aparece en primer plano junto a otro cartel que dice "God power: el poder de Dios".

A esta altura del comercial pensé que a los creativos publicitarios se les había ido un poco la mano: ¿comparar el amuleto Norton con el poder de Dios no sería demasiado? Por lo visto, no: el comercial continúa durante dos minutos más, mostrando cómo el omamori Norton salva de las amenazas del ninja/virus a la computadora de una colegiala, la de un hombre que mira pornografía, la de una chica vestida de novia que coquetea por Internet con un amante, la de una geisha, la de un mafioso. En suma: no importa qué estés haciendo -moral o no, legal o no- el omamori Norton, el poder de Dios, te protegerá con su fuerza todopoderosa y sobrenatural.

"Si tus datos más valiosos están bajo amenaza, la tecnología de Norton más el poder divino de ocho millones de deidades japonesas te brindan doble protección. No importa si es para guardar tu colección de animé; tus videos privados; esos recuerdos de affaires extramatrimoniales; todos esos secretos sucios de los adultos; o el comercio y las apuestas ilegales que podrían traerte problemas... No importa qué datos tengas, siempre estarán protegidos por el omamori guardián Norton." El comercial finaliza con las seis sacerdotisas pop sentadas en poses sexy. Empiezan a levitar y acaban convertidas en seis preciosos omamori... Norton, por supuesto.

La idea comercial y publicitaria para este producto es magistral. Podrían haber inventado el USB antivirus y haberlo vendido simplemente como tal. Pero a alguien en algún pasillo de la agencia publicitaria o del departamento de marketing se le ocurrió que cambiar el empaque podría obrar maravillas: a esta sociedad laica en la que a los antiguos templos sólo entran los turistas, en vez de venderle un USB tradicional, Norton le vendería uno envuelto primorosamente en seda, tal como si fuera un omamori. En otras palabras: el valor agregado al producto tecnológico no es sólo el packaging, sino lo que ese packaging representa: las supersticiones más antiguas, el regreso a la base de cualquier creencia religiosa que radica, entre otras cosas, en nuestros miedos y en el tamaño de nuestra vulnerabilidad.

Mientras escribo este artículo escucho la Misa en B Menor de Bach. Lo hago adrede: quiero recordar qué es, adónde nos remite el sentimiento religioso. No hace falta creer en ningún dios para sentirlo. Lo único necesario es no haber perdido la capacidad de asombro ante el cielo estrellado, ante una tormenta descomunal, ante la visión de la Vía Láctea desde un lugar despoblado, ante el nacimiento de un niño o, incluso, los horrores de una guerra.

El comercial del omamori Norton nos aleja de ese sentimiento primordial. No sólo eso: parece reírse de ese sentimiento, intentando convencernos de que la tecnología nos hace todopoderosos. Gracias a la tecnología, el mundo natural -antes indiferente a los deseos humanos- se convierte en un mundo que responde a nuestros caprichos. Con cada nuevo gadget que sale al mercado, crece nuestro poder sobre el entorno, pero lo hace a costa de alejarnos del misterio, de la desnudez con que llegamos a la vida y con la que, finalmente, nos iremos siempre, por más que la ciencia estire cada vez más los límites naturales de nuestra existencia.

El comercial del omamori me fascina y horroriza a la vez. Es sencillamente fabuloso. ¿Por qué entonces soy incapaz de tomarlo con la misma ligereza con la que fue concebido? A diferencia de un simple juego, aquí hay una empresa que gana millones al vender ese simulacro de omamori que no es más que un simple USB. Un simple USB productor de más chatarra contaminante. Un USB del todo innecesario pues los programas antivirus pueden bajarse de Internet. Más contaminación, más basura, más dinero, más objetos en un mundo sobrepoblado de objetos innecesarios para la vida, disruptores de ecosistemas, pero indispensables para que la máquina productiva siga funcionando.

En la sociedad del simulacro ya nada es sagrado. Notre Dame parece una estación de tren a la hora pico. La altura de sus cúpulas no produce asombro. No nos tomamos nada demasiado en serio. La civilización del espectáculo acaba con el misterio y la reverencia ante aquello que no podemos comprender: banaliza todo, incluso aquella esfera que, por definición, se opone a lo banal: la vida del espíritu. "Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante sabio o chorro..." Lo mismo colegiala, geisha, pornógrafo o gran estafador. Para Norton -y al parecer para nosotros, espectadores-, todo es igual.

Por Mori Ponsowy 



18 de agosto de 2015

Conquistar la Felicidad


Si hay algo que compartimos todos los seres humanos, seamos de la cultura que seamos, es el anhelo de alcanzar la felicidad. Sin embargo, si nos preguntan, nos cuesta definir en qué consiste eso de ser bienaventurados y cada uno alegamos un cóctel propio de ingredientes imprescindibles para lograrlo: que si un trabajo que me satisfaga y me haga sentir realizado, que si una familia, que si una casa en el campo, que si los hijos, que si los amigos, que si disponer de tiempo de calidad para disfrutar de las aficiones…

Desde niños escuchamos historias acerca de príncipes y princesas que se encuentran, se casan y empiezan una vida de color de rosa. Leemos novelas con buen final, consumimos películas que muestran luchas de superación en la que los protagonistas tratan por todos los medios de dejar de lado el dolor y el sufrimiento y comenzar una vida nueva. Por no hablar de la publicidad: beba tal para sentirse bien, conduzca tal coche, viaje a tal sitio, coma tal alimento, vista tal ropa y será feliz. Y, últimamente, una nueva oleada de libros de crecimiento personal, de programas de radio y televisión sobre bricolaje emocional nos cuestionan nuestro estado de ánimo y nos explican cómo ser felices en siete pasos.

El mensaje que nos llega es claro: nuestro fin último en la vida es la felicidad o al menos hacer todo lo posible por tratar de alcanzarla. Parece que estemos abocados a ello irremediablemente. Casi obligados. Sin embargo, tenemos un problema del que, tal vez, no seamos conscientes: ese deseo nuestro de ser dichosos choca de bruces con lo que la evolución nos depara. Porque pese a todos nuestros esfuerzos por llegar a tan codiciado estado, el cerebro –ese órgano que nos empuja a enamorarnos, a alimentarnos, a actuar de una forma u otra, a vivir cada día, a sentir; que es fruto de muchos millones de años de evolución biológica, construido a golpes de azar y determinantes ambientales– resulta que no está preparado ni proyectado para la felicidad permanente. “Sólo contiene un diseño máximo y es el de la supervivencia. Puede que nos duela admitirlo, pero es así. La ley suprema del funcionamiento del cerebro es mantenernos vivos, no felices. Y eso implica en su esencia lucha, dolor, desazón y sufrimiento”, explica Francisco Mora, doctor en Medicina por la Universidad de Granada y doctor en neurociencias por la de Oxford; acaba de publicar ¿Está nuestro cerebro diseñado para la felicidad? (Alianza Editorial).

¿Felici… qué? 

A lo largo de la historia de la humanidad, la búsqueda de la felicidad ha sido un potente motor para la sociedad. Desde el antiguo Egipto, pasando por los pensadores clásicos de Roma y de Grecia, los filósofos orientales e incluso las religiones, se ha tomado la dicha como eje central para crear valores y normas con los que guiar la conducta humana.

La psicología, la sociología, e incluso la economía han tratado de arrojar luz sobre esta cuestión y han elaborado numerosos estudios en los que han medido parámetros como la satisfacción en el trabajo, la autorrealización personal, la familia, el entorno social, para valorar cuán feliz es una sociedad. Incluso se ha creado una base de datos mundial sobre la felicidad. Y en los últimos años, también las neurociencias se han interesado por este tema.

La felicidad, tal como la entendemos en la actualidad, es una construcción mental relativamente reciente, que para nacer necesitó de un cerebro social complejo como el que desarrollamos hace 70.000 años. “Nace de las altas funciones cognitivas del cerebro humano. –considera Mora–. Hasta hace muy poco, en la historia del pensamiento, la idea de felicidad había sido tratada sin referencia al cerebro que la producía. Y si todo reside en el funcionamiento de este órgano, está claro que los conocimientos obtenidos por la neurociencia cognitiva pueden aportar una cierta perspectiva que arroje luz sobre este concepto”.

Para estudiarla desde la ciencia, como no se pueden introducir sondas en el cerebro, los neurocientíficos han ideado una especie de test que mide el bienestar subjetivo de las personas; es una especie de interpretación médica de la felicidad, apunta el doctor Ed Diener, de la Universidad de Illinois. Y este índice de bienestar incluye tanto aspectos emocionales como cognitivos. Los primeros se refieren al sentimiento interno que experimentamos y tienen un contenido más hedónico; los segundos van más allá y tienen que ver con la satisfacción global de la vida. Además, no sólo se tienen en cuenta las cosas positivas, sino también la ausencia de situaciones o emociones negativas.

La vida duele 

Para David Victori, un joven realizador catalán de 30 años, la felicidad o su satisfacción personal pasa por dedicarse a lo que le apasiona, el cine. Hace unos meses apareció en todos los informativos de televisión junto al actor Michael Fassbender en el Festival de Venecia. Acababa de ganar una competición internacional, convocada por la productora de Ridley Scott, con su corto La culpa. El premio: medio millón de dólares para realizar una webserie, junto al propio Scott y con Fassbender como protagonista.

Llegar hasta allí no fue nada fácil, en ningún sentido. David Victori las ha pasado bien canutas: durante años no ha tenido ni un euro para nada y ha atravesado situaciones delicadas. Ha tenido que vivir en casa de amigos, fue rescatado por sus padres cuando se le acabaron los ahorros, cuando proyectos que parecía que iban a salir adelante se estancaban o se perdían en el cajón de alguna productora. Por si fuera poco, hace menos de dos años su hermana mayor murió de repente, de un ictus cerebral, lo que supuso un mazazo emocional brutal para la familia. Todo ello, ingredientes suficientes para muchos para tirar la toalla y sumirse en la tristeza o la desolación. En cambio, y pese a todo, Victori no ha perdido en ningún momento la sonrisa ni ha cejado en su empeño. Y no ha dejado, sobre todo, de sentir que es feliz.

“La vida es conflicto –afirma este joven realizador–. Tengo la suerte que desde muy pequeño me he tomado el vivir como un gran juego, viendo que el mundo es lo suficientemente rico como para que siempre haya un camino que tomar, una solución que aportar al problema que en ese momento te preocupa. Las emociones como el miedo tienen el enorme poder de cegarnos y bloquearnos, pero siempre trato de ver la vida igual, ni buena ni mala. Y la entendamos o no, probablemente sea en cada momento lo que debe ser”.

Sin saberlo tal vez, Victori con esa afirmación de que vivir es enfrentarnos continuamente a conflictos ha dado en una de las claves de la neurociencia: el problema como motor de la vida; tenemos un cerebro diseñado para ir superando escollos y garantizar así la supervivencia. Para ello, ha desarrollado dos herramientas neuronales: el placer y el dolor. La primera nos recompensa cuando llevamos a cabo acciones básicas para la vida, como alimentarnos o el sexo, y nos empuja a repetirlas. Y la segunda (el dolor) funciona a modo de alerta, de aviso de un peligro inminente para nuestra subsistencia. “El dolor es el impulsor de la existencia. Y es precisamente el sufrimiento lo que nos lleva a la concepción de la felicidad”, alega el científico Francisco Mora.

Buscando recetas 

Quizás esa forma que tiene Victori de girar el vaso para apreciar nuevos ángulos e intentar verlo siempre medio lleno, con optimismo y humor, es lo que le hace afrontar con eficiencia las situaciones adversas, reorientarlas y poder ver dentro de la desgracia la parte positiva para salir adelante. Aprender del dolor pero sin caer en el sufrimiento. Sin embargo, esa resiliencia, que es como en psicología se denomina a esta cualidad de Victori, básica para el bienestar de la persona, no suele ser lo habitual. La mayoría de nosotros solemos regodearnos en el padecimiento y la pesadumbre que causa el dolor; nos quedamos enganchados a las cosas negativas que nos pasan, nos damos golpes contra la pared una y otra vez, y nos lamentamos, lo que en ocasiones nos impide pasar página y hace que nos enredemos en sufrimientos innecesarios. Y eso, al final, acaba haciéndonos tremendamente infelices.

El desasosiego nos hace lanzarnos a la búsqueda de recetas, de fórmulas que nos conduzcan como por arte de magia a ese estado de dicha permanente, a ser posible cuanto antes. “La sociedad, en general, está muy desorientada. No sabemos cómo ser felices, como demuestra la profusión, por ejemplo, de manuales de autoayuda que proliferan de un tiempo a esta parte –considera el filósofo Francesc Torralba, director de la cátedra Ethos de Ética Aplicada de la Universitat Ramon Llull–. No consumes ya lo que tienes. Si eres feliz, ¿por qué leer un libro sobre cuál es el camino hacia la felicidad, por ejemplo? Toda esta literatura del happiness es un indicio claro de una necesidad de la gente a la que la industria editorial responde con libros desiguales”.

“Es que no podemos ser felices, por mucho que lo intentemos –espeta el neurocientífico Francisco Mora–. Al menos de forma permanente, porque el cerebro humano no lo permite. Los códigos construidos y depositados en él no dejan alcanzar la felicidad constante, lúcida, sin sufrimiento. No obstante –alega este experto y divulgador–, es posible llegar a parpadeos de felicidad, momentos fugaces, que son aquellos que experimentamos cuando uno se aleja mentalmente del mundo y se encuentran satisfechos los placeres y no se siente ni dolor ni sufrimiento”.

“Tiene sentido que sea así, que no podamos ser felices de forma permanente –asegura Arcadi Navarro, investigador ICREA y vicedirector del Instituto de Biología Evolutiva UPF-CSIC–. En el fondo, un estado de insatisfacción es necesario para el progreso, necesario para llegar a reproducirte, para alimentarte, para intentar acumular toda una serie de recursos que te permitan tener éxito como organismo. Si asociamos la felicidad con satisfacción de deseos, que es una de las definiciones posibles, entonces que no seamos felices es algo muy positivo. Lo interesante es tener diversos grados de felicidad, que me estimulen a moverme, a actuar para conseguir cosas. Estados transitorios de felicidad. Porque estamos programados no para la felicidad, sino para la búsqueda de la misma”.

¿Y la biología? 

En este sentido, los estudios científicos llevados a cabo con parejas de gemelos por Thomas Bouchard en 1979 son reveladores. Este profesor de Psicología de la Universidad de Minnesota estudió a gemelos que fueron separados después de nacer y dados en adopción a familias distintas. Bouchard estudió la heredabilidad de muchos rasgos de la personalidad, caracteres religiosos, sociológicos y también de felicidad. Se percató de que los gemelos separados tenían el mismo porcentaje de posibilidades de tener personalidades similares, intereses y actitudes que los gemelos que se habían criado juntos en el seno de una misma familia.

Eso le llevó a la conclusión de que había variaciones genéticas que nos predisponen también a sentirnos más o menos contentos o felices, al margen de las influencias externas y de las circunstancias vitales de cada uno.

“Eso nos abre una pregunta: si realmente hemos de ser felices, si la selección natural nos hubiera hecho tender a la felicidad, ¿por qué esta variabilidad genética hace que las personas sean más o menos proclives a ella? ¿No tendría que haber una felicidad universal favorecida por la selección natural? –se pregunta Navarro–. La respuesta debería ser que no. Los estados de insatisfacción son los que nos garantizan, como especie, la supervivencia”.

Y esa insatisfacción causa dolor. Con todo, para la psicología positiva, surgida a finales del pasado siglo y basada en la importancia de las emociones, ser feliz no pasa por evitar a toda costa ese dolor y el sufrimiento, porque eso implicaría rechazar una parte intrínseca de nuestro ser, sino por asumir el dolor como parte propia del aprendizaje vital. “Ser humano implica morir y también sufrir. No podemos alcanzar un tipo de felicidad constante y eludir el sufrimiento”, considera Jenny Moix, psicóloga de la Universitat Autònoma de Barcelona y autora de Felicidad flexible (Aguilar).

“Sería lo mismo que pensar que si seguimos todos los consejos saludables, como practicar ejercicio físico regularmente, comer sano, no fumar, no vamos a morir nunca”. Se puede ser feliz y experimentar sufrimiento, porque amar va ligado a sufrir, considera Francesc Torralba, filósofo: “Uno puede ser muy feliz con su familia y sus hijos, pero seguramente porque los quiere, padecerá. El hecho de querer evitar el sufrimiento es casi como decir que queremos evitar amar. Y, sin lugar a dudas, los seres humanos estamos hechos para amar y ser amados, en activa y en pasiva”.

Lo que importa es el camino 

La neurociencia nos hace ver que no es posible un estado permanente de felicidad pero nos puede dar herramientas para entendernos mejor, comprender cómo funciona nuestro cerebro y aprovechar ese conocimiento para tratar de hallar maneras de sentirnos y vivir lo mejor posible. Y aprender así estrategias para que sepamos enfrentarnos a las diferentes situaciones que se nos irán presentando a lo largo de la vida.

“Una de las cosas que hace el cerebro es pro­gramarnos para buscar ser felices, dotarnos de una herramienta que nos impulse a buscar un estado final, una meta donde lo importante no es la meta en sí, sino que estás haciendo un camino, y luego harás otro, y luego otro. Y así sucesivamente”, apunta el investigador Arcadi Navarro. Y una de las cosas que hace nuestro cerebro es precisamente recompensarnos por cada pequeña acción positiva que hacemos para nosotros mismos.

“Es el proceso lo que tiene sentido. Es como si tuviéramos a lo largo de la vida un saquito de semillas que sembrar en nuestro interior. Si esa tierra interior no está bien preparada, por mucho que plante, que riegue y que salga el sol, no crecerá nada”, indica Mercè Conangla, psicóloga, al frente de la Fundació Àmbit, Instituto de Crecimiento Personal, junto a Jaume Soler. “Los conflictos no deben bloquearnos porque los problemas son vida y todos tienen solución excepto la muerte. Cuando comienzas a aprender guión, te enseñan que sin conflicto no hay historia y que, además, sin conflicto no hay interés por parte del público. Detrás de esta regla de oro del guión, hay una lección de vida, que nos habla de lo que hay tras la energía que nos mueve como seres humanos. Cuando conocí al director Bigas Luna, a los 17 años, su primera lección fue que “un rodaje es solucionar problemas, uno tras otro. Y eso es también la vida”, afirma David Victori. 

Quizás no podamos llegar a ser felices de forma constante, pero quizás podamos hilvanar, uno tras otro, infinitos parpadeos de felicidad. 
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Fuente: http://www.lavanguardia.com/mobi/estilos-de-vida/20121207/54357077714/obligados-a-conquistar-la-felicidad.html
 

17 de agosto de 2015

Una nueva forma de aprender


El niño de hoy ha cambiado, su manera de aprender ha cambiado. Nosotros mismos, la madre, el padre y el/la profesor/a, estamos cambiando. ¿Entonces? La educación debe cambiar también, y rápidamente. ¿Qué debo hacer, y qué no debo hacer? ¿Por qué la educación de hoy es el primer sector que debe cambiar?

Los niños y niñas de hoy presentan talentos innatos excepcionales de mayor percepción y sensibilidad en los ámbitos fisiológicos, afectivos, emocionales, éticos, conductuales, cognitivos, sociales, psíquicos y espirituales. Estas cualidades se pueden encontrar también en los adultos, abuelos y abuelas, pero en menor grado.

Así que tenemos en casa o en nuestra aula a un estudiante cuya capacidad sensorial y emocional ya es más sensible. Es capaz de percibir espectros energéticos y cognitivos que a menudo el adulto no percibe.
"Se está perfilando una nueva humanidad que se caracteriza por una psicología ya modificada, basada en la expresión del sentimiento y no en su represión. Esto se traduce en: Una motivación solidaria y amorosa, no competitiva y agresiva; una lógica multinivel-integrada, no lineal-secuencial, un sentido de identidad inclusiva-colectiva, no aislada-individual y capacidades psíquicas utilizadas con propósitos benevolentes y éticos, no dañinos ni inmorales". John White, miembro de la Asociación de Antropología Americana (White, 2008:ae).

Una Nueva Forma de Aprender

Las características de los niños y niñas de hoy no son solamente sus altas capacidades cognitivas, sino también sus amplias percepciones en todos los ámbitos, su agudo nivel de empatía y su sorprendente apertura psíquica y espiritual, especialmente a muy temprana edad.

Su nivel de empatía es muy alto, es decir que son capaces de comprender y experimentar los sentimientos, pensamientos y experiencias de otros, sin necesidad de hablar o incluso en algunos casos de estar físicamente presentes. Son niños cuyas facultades son multilaterales, es decir, que pueden ver los diferentes aspectos de una misma cosa, y multidimensionales, que pueden acceder a varios niveles de conciencia.

Sus maneras de aprender son:
  1. Autodidactas y autodesarrolladas, es decir, que presentan en general un perfil de líder autodidacta con alto desarrollo psícoemocional. Este perfil fue planteado por el Dr. Abraham Maslow, psicólogo humanista transpersonal y corresponde en su gran mayoría a los niños y niñas de hoy. 

  2. Asociadas a una alta sensibilidad, tanto física, en sus cinco sentidos y en su metabolismo, como emocional, social, ética y espiritual. 

  3. Ligadas a una Inteligencia Emocional supra-desarrollada, tal y como describe el Dr. Daniel Goleman. Eso les proporciona a los chicos de hoy: velocidad de entendimiento, facultad para actuar de inmediato, sensación de certeza y asimilación holística de los conocimientos. 

  4. Relacionadas a la utilización extensa de su hemisferio cerebral derecho, lo que les provee de: aprendizaje tipo visual, creatividad, imaginación, gusto por las artes, música, sentimientos, afectividad, intuición, sexto sentido, expresión no verbal, el hecho de llevar a cabo varias tareas a la vez, independencia, persistencia, entre otras cualidades. 

  5. Relacionadas a veces con talentos psíquicos, también llamados parapsíquicos o intuitivos, presentando capacidades innatas de clarividencia, telepatía, precognición y otras facultades extrasensoriales. 

  6. Ligadas a pautas de aprendizaje diversificadas, incluyendo las nueve inteligencias descritas por los doctores Gardner y Armstrong. Además utilizan naturalmente su inteligencia energética o intuitiva, la inteligencia emocional, la inteligencia práctica y la inteligencia co-creadora. 

El hemisferio derecho les provee intuición y creatividad, el hemisferio izquierdo les da la claridad y la estructura para llevar a cabo lo que se proponen. La sincronización de ambos hemisferios acompañada de una alta motivación sin estrés provee un estado activo natural en ondas alfa, teoría de Flow o Fluir según el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi.

Una Educación para los Nuevos Niños

Características y talentos de los niños de hoy y como atenderlos mejor

1. Autónomo, autorealizado. Una educación autodidacta, responsabilidad e independencia. Dejar que hagan las cosas por sí solos. Respetar su modo de ser y de aprender.

2. Mayor percepción y sensibilidad. Un entorno emocionalmente estable, mucho afecto y escucharles. Descartar totalmente los gritos, las amenazas y los chantajes emocionales.

3. Inteligencia Emocional supra-desarrollada. Una educación activa y productiva. Una ética impecable.

4. Hemisferio derecho. Creatividad y flexibilidad. Inventar cosas y permitirles explorar. El arte y la estética. Los movimientos y las actividades lúdicas.

5. Talentos psíquicos. Calma, paz y entendimiento. Las herramientas bio-mórficas.

6. Inteligencias Múltiples. Potenciar el desarrollo de las Inteligencias Múltiples. Organizar actividades ecológicas. La multiculturalidad. Un desarrollo integral. Las herramientas bio-lúdicas y bio-inteligentes.

Entiendo mis Propios Cambios

Los científicos demostraron que la frecuencia natural de la tierra era de 7.8 hertzios. Se llaman ondas Schumann y han permanecido estables por miles de años. Afirman que esta frecuencia influye directamente, a través del hipotálamo, a todos los mamíferos, seres humanos, ballenas y delfines. Informes recientes establecen ahora que la frecuencia Schumann alcanzó valores de hasta 11 hertzios en 2003 y sigue aumentando con picos a 13 hertzios e incluso a 15 hertzios, lo que implica grandes cambios electromagnéticos y también cambios acelerados en nuestras células, en nuestro sistema nervioso central y hasta en nuestro ADN (W. O. Schumman, 1952, Konig, 1954, Balser y Wagner, 1960, Hans Volland, Davis Campbell, Gregg Braden, 2000).

Estos rápidos cambios energéticos se pueden traducir en el ser humano en frustración, inestabilidad y saltos repentinos de humor. A nivel físico, pueden aparecer síntomas como desórdenes nerviosos, desequilibrios emocionales, mareos, dolores de cabeza, cambios en el hábito del sueño, así como varios tipos de fiebres atípicas. A nivel cerebral, se pueden producir desequilibrios en el sistema de ondas cerebrales, mientras empieza a producirse un reajuste a la nueva energía.

Recomendamos a los adultos, sobre todo a los padres y docentes, por su interacción diaria con los niños que ya están sintonizados con esta frecuencia, que estén muy atentos a los extremos emocionales, que se tranquilicen y que hagan ejercicios físicos para equilibrarse. Algunos consejos prácticos:

  • Organizar y simplificar nuestra vida para manejar mejor las oscilaciones entre periodos de gran fatiga y periodos de elevada energía. 

  • Comer de forma saludable y beber mucha agua pura para desintoxicarnos. 

  • Para combatir la tendencia a la desconcentración y al estrés, hacer ejercicios de arraigo o enraizamiento. 

  • Interactuar con los cuatro elementos, y especialmente con los elementos tierra y agua. 

  • Ayudarnos con música tranquila y de ser necesario, recurrir a terapia neuro-muscular, terapia sacro-craneal, remedios homeopáticos, terapias con gemas, esencias florales u otros procesos terapéuticos alternativos de nuestro agrado. 

  • Organizar “grupos de estudio” para docentes, padres, futuros padres, abuelos (los nietos y bisnietos tienen en general una relación muy estrecha con sus abuelos); donde puedan recibir información sobre los niños, niñas y jóvenes de hoy, compartir herramientas prácticas, expresar sus retos personales y a la vez mejorar su propio desarrollo interior y personal. 

  • Hacer alineaciones energéticas o meditaciones regularmente; es importante para re-equilibrarse. 

  • Aprender algunas técnicas antiestrés y de respiración conciente. 

  • Expresarse libremente -pero sin ira, con madurez y cariño- para no somatizar las emociones reprimidas en el cuerpo físico. 

Hemisferios Cerebrales

¿Cómo utilizo los dones de los dos hemisferios cerebrales al máximo y cómo dejo fluir la creatividad de mi hijo o alumno? Los niños, niñas y jóvenes del tercer milenio tienen la facultad de manejar ambos lados de su cerebro de manera equilibrada, armónica, naturalmente y sin conflictos; sobretodo si su educación está bien encaminada.

Hemisferio cerebral izquierdo:

  1. Racional, cartesiano, conexiones lógicas entre las causas y los efectos.
  2. Analítico y calculador.
  3. Verbal: palabras, discursos, gramática.
  4. Lineal, secuencial.
  5. Sólo una cosa a la vez, paso a paso.
  6. Orden. La autoridad le da seguridad.
  7. Particular a general.
  8. Pensamiento de velocidad moderada que, en general, no desemboca en la acción inmediata.

Hemisferio cerebral derecho:

  1. Conexiones asociativas y holísticas. Sede de la creatividad, la imaginación, lo artístico y lo musical.
  2. Sentimientos, afectividad, intuición, sexto sentido.
  3. No-verbal: imágenes, expresión corporal, tacto, energética.
  4. Holístico, pensamiento lateral.
  5. Multi-tarea.
  6. Reconoce la autoridad sólo si está consensuada.
  7. General a particular.
  8. Pensamiento rápido tipo ráfaga o flash, que desemboca, en general, en la acción inmediata.
Para que no desperdicien los dones innatos del hemisferio derecho, es recomendable proveer a sus hijos o estudiantes de:
  • Una enseñanza basada en lo visual y en el movimiento, más que en lo verbal.
  • Incentivar cualquier actividad ligada a la creatividad, la imaginación, lo artístico, el baile y la música.
  • Permitir que hagan varias tareas a la vez.
  • Una educación basada en el acompañamiento amoroso, y no en límites rígidos ni arbitrarios.
  • Ejercicios que desarrollen el pensamiento tipo ráfaga o flash; es decir, extremadamente rápido.
  • Ejercicios que desarrollen la intuición.
  • Mucho amor, afecto y libertad de acción, sin que esto signifique dejarles hacer todo lo que les de la gana, sino acompañarlos amorosamente, dándoles más responsabilidades y confianza, al contrario de lo que ocurría en general durante nuestra infancia, y a la vez mostrando un genuino interés en lo que hacen, piensan y dicen.

Inteligencia Emocional

La Inteligencia Emocional es más importante que el Coeficiente Intelectual ¿Cómo la desarrollo? Los niños, niñas y jóvenes de hoy tienen en general una inteligencia emocional supradesarrollada, lo que implica modos de aprendizaje particulares, como:

1. Velocidad. La inteligencia emocional es sumamente veloz; es mucho más rápida que la mente racional.

2. Facultad de acción inmediata. Por eso son niños y niñas de acción y de cambios.

3. Certeza. La mente emocional acarrea una sensación de certeza especialmente fuerte. Proporciona perseverancia y terquedad, cualidades definitivamente de los líderes.

4. Asimilación de las cosas como un todo y de inmediato. Se basa en el principio del holograma. Mientras la mente racional de la corteza cerebral realiza conexiones lógicas basadas en relaciones de causa y efecto, la vida emocional tiene una lógica holográfica, donde una sola parte evoca el todo. Todo está en todo.

5. Funcionamiento por asociación. La lógica de la mente emocional es asociativa por naturaleza. Su principio es el de disparador. Es decir que basta un elemento -que puede ser visual, auditivo, olfativo, gustativo, táctil, un sentimiento o un dato cognitivo- para que se desencadene la memoria o la comprensión de algo.

6. Colaboración. La inteligencia emocional es reacia a la autoridad y a la enseñanza vertical. Se basa en el principio de la libertad. Para esta lógica todo es posible, no hay coerción.

7. Manejo del lenguaje, de las artes y de la espiritualidad.

8. Percepción aguda. Con la lógica de la mente emocional, las cosas no son como son, sino como son percibidas y por lo que representan.

9. El actor. El niño se vuelve actor y co-creador en la mente emocional.

10. Principio de sanación. La inteligencia emocional es sanadora y autosanadora.
El nombre mismo de Homo sapiens, la especie pensante, resulta engañoso a la luz de la nueva valorización y visión que ofrece la ciencia con respecto al lugar que ocupan las emociones en nuestra vida. Los sentimientos cuentan tanto como los pensamientos, y a menudo más. -Daniel Goleman (Goleman, 2000:22)
Desarrollamos y afianzamos la Inteligencia Emocional con:
  • Ejercicios de respiración consciente.
  • Artes, teatro, danza, música.
  • Ejercicios que utilicen el cuerpo de manera consciente.
  • Juegos o cuentos creativos donde el actor o el héroe manejan adecuadamente sus emociones.
  • Ejercicios que apuntan a reforzar la autoestima del niño, de los padres y del mismo profesor.
  • Ejercicios que apuntan a valorar el nombre del alumno.
  • Ejercicios de afirmación o pensamiento positivo.
  • Balanceo energético, en forma de juegos u otros.
  • Chi Kung o Tai Chi para los adultos.
  • Yoga (más rápido y adaptado para el niño).
  • Aikido, Karate, Kung Fu y Capoeira para niños y jóvenes.
  • Ejercicios de enraizamiento.
  • Prestar una especial atención al saludo inicial de la clase y a la despedida de la jornada.
Hay que saber que existen muchas otras características de los niños y niñas de ahora. Algunos pueden ser más lentos, despistados e introvertidos; otros no son rebeldes sino más bien muy tranquilos, algunos son un tanto frágiles y delicados de salud, otros más psíquicos, otros más inclinados a asuntos sociales, ecológicos o espirituales, otros son educadores innatos. Algunos son demasiado sensibles a la falta de amor y enferman si no lo hallan.
En muchos observamos que su motricidad fina no está a la altura de su velocidad mental, lo que les crea mucha frustración y a veces hasta rabia, especialmente cuando son pequeños (por lo menos hasta los seis o siete años).
Muchos tienen una inteligencia inter-personal1 muy desarrollada y presentan un carisma fuera de lo común, a la vez que presentan en general una inteligencia intra-personal2 remarcable. En todo caso, los psicopedagogos afirman que, en general, la capacidad cognitiva y las pautas de comportamiento psicológicas y emocionales de los niños, niñas y jóvenes de hoy son tan diferentes a las generaciones anteriores, que merecen que creemos para ellos un nuevo sistema de educación, de salud y de psicología.
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Fuente: http://sanazion.com/2015/08/15/como-desarrollar-la-inteligencia-emocional/
 

12 de agosto de 2015

El ser esencial y el ego redundante

 
Redundante es lo que está de más; esencial es lo que no debe faltar. No existe una línea nítida entre lo esencial y lo redundante, y siempre hay muchas cosas que, dependiendo de quién está juzgando, alternan entre inadecuadas, neutras o convenientes. Así sucede con el comportamiento humano: entre el ser esencial, que guía nuestra vida por el camino apropiado, y el ego redundante, que puede tomar el control de nuestra conducta sin que siquiera nos demos cuenta, hay millones de rutinas y datos en una ‘memoria de trabajo’, noción esta que, buscando simplicidad conceptual, he omitido mencionar en mis notas.

Mi omisión resultó desorientadora. El doctor Luis H. Ripoll, psiquiatra y profesor del Centro Médico Monte Sinaí de Nueva York, manifestó su desacuerdo con esta simplificación en una revisión detallada de una de mis columnas recientes: “Creo que es imposible tanto librarse del llamado ego redundante como vivir exclusivamente desde el ser esencial”. Tan valiosa opinión hace inevitable la referencia a la noción de memoria ‘neutral’ de trabajo que en un principio quise evitar. No obstante tal consideración, el ego redundante es sobrante y dañino y, por supuesto, debe reducirse y, eventualmente, eliminarse.

En la memoria de trabajo se encuentran todos los datos e instrucciones para la vida rutinaria que no son esenciales ni superfluos. Aclaremos esto con la función del lenguaje. La capacidad de comunicarnos es pieza fundamental del ser esencial; el hábito de decir mentiras de algunas personas está en el ego redundante; los idiomas que hablamos se encuentran en la memoria de trabajo. La lista de lo que hay en esta memoria incluye conocimientos generales o específicos, habilidades laborales, información de todo lo conocido, registros de nuestra historia… Y un sinnúmero de datos y procedimientos.

El ser esencial de alguien que crece con sus padres sería similar al que se expresaría para esta misma persona si, cuando recién nacido, hubiera sido dado en adopción. La memoria de trabajo y el ego redundante, en cambio, contendrían condicionamientos completamente diferentes, según el curso que haya tomado la vida de esa persona.
 
El Buda denomina formaciones mentales a los condicionamientos, las rutinas y los datos que aprendemos tanto a propósito como involuntariamente. Las formaciones mentales pueden ser perjudiciales o beneficiosas; las formaciones mentales perjudiciales –los deseos desordenados, las aversiones y las opiniones sesgadas– son los condicionamientos que debemos eliminar y los que conforman nuestro ego redundante. Las formaciones mentales beneficiosas, como las preferencias saludables alimenticias y las costumbres sanas, que debemos conservar, se localizan en la memoria de trabajo.

El ego es la instancia por la cual una persona reconoce su identidad y sus relaciones con el medio. En frases ‘subido de ego’, la palabra conlleva connotación de tamaño, hecho este que respalda la ‘dimensión’ variable y reducible del ego redundante.

Otros pensadores, sin conexión alguna con el budismo, han formulado ideas que insinúan la existencia en cada persona de un ser esencial y un ego redundante, sin hacer referencia alguna a tales expresiones. La cita más conocida del filósofo franco-suizo Jean Jacques Rousseau dice que “El hombre es naturalmente bueno y la sociedad lo corrompe”. Y en otro discurso el mismo autor escribe: “El hombre nace libre, y en todas partes se encuentra encadenado... Era bueno por naturaleza, pero se daña por la influencia perniciosa de la sociedad y las instituciones humanas”. La bondad natural del ser humano es asimilable a su ser esencial; la corrupción que le agrega la sociedad es equivalente al ego redundante.

El pensamiento de Rousseau es bastante pesimista. Al comienzo de su célebre ‘Emilio, o De la educación’, anota el filósofo que “todo degenera en las manos del hombre”. El Buda, en contraposición, es más optimista y en la tercera verdad del budismo declara: “Con la extinción de los deseos desordenados, las aversiones y las opiniones sesgadas –esto es, el ego redundante- cesa el sufrimiento”, mal este que en el mundo moderno se conoce como ansiedad y estrés, y que todos quisiéramos sacar de nuestras vidas.


Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el Occidente’

11 de agosto de 2015

Conexión con el Espíritu


Cuando uno despierta, se conecta con esa parte trascendente de uno mismo. Cuando eso pasa uno empieza a vivir el cielo en la tierra, no es necesario irse lejos a otros mundos, ni tampoco significa estar meditando todo el día. Al contrario, uno se mete en el cuerpo, se mete de lleno en lo natural, en lo que uno es completamente, y así lo cotidiano empieza a tomar un tinte mágico.

Desde ahí, las acciones que uno va realizando, o que empieza a querer hacer, tienen cada vez más que ver con lo que uno es realmente. Quizás a mucha gente esto le pasa naturalmente, y tenemos la creencia de que hay que hacer grandes esfuerzos por llegar a este estado distinto, cuando en verdad, es la verdadera naturaleza humana la que se expresa. No tienen que ser acciones “especiales” o “luminosas”, puede ser cualquier cosa. Desde cocinar hasta ponerse a escribir poesía, cuando esa acción es auténtica, uno está en conexión con esa parte luminosa, y entra en una coherencia.

Evidentemente no todo será tan fascinante como se describe. Esta conexión con el espíritu, que bien podría leerse como un estado de perfección, donde ya no habrá más problemas o incomodidad, un estado en el que todo fluye fácilmente, es más ilusión o idea preconcebida que realidad. Al contrario, conectar contigo probablemente te producirá un “desorden” en tu vida tal como venía siendo. Se te pedirá ahora, en orden de actuar en concordancia a lo que eres, que aceptes desafíos que te obligarán a movilizarte. Te verás haciendo cosas que te “dan miedo”, para las que “no te sientes capaz”, y al mismo tiempo, dejarás de hacer un montón de actividades que creías que eran muy tuyas.

La conexión es un viaje dulce, pero no está exento de desafíos. Y esos desafíos te pedirán expresar partes de ti que no sabías que tenías. Esta “iniciación” te llevará a un estado de unidad, en la medida de que tu propia valentía te lo permita.

Uno puede tender a pensar que este camino de re.conexión es para personas muy abiertas o muy “espirituales”. En realidad es para todos. Eso de que haya “gente muy elevada” me parece fantástico, pero me gustaría recalcar que “la conexión” es justamente más necesaria de “recordar” por aquellos de nosotros que hemos “estado mal”, que nos hemos sentido “oscuros” , tristes o depresivos , y que muchas veces nos negamos está parte trascendente de la vida porque hemos creído que no lo merecemos. Para esas personas (que hemos sido nosotros mismos en otro momento) es por las que uno tiene que trabajar. Ese sentimiento de exclusividad respecto a cierta información o técnica me parece que entorpece el trabajo ¿De qué exclusividad me hablas cuando nos referimos al espíritu?

La conexión con tu alma, tu parte trascendente o como quieras decirlo, está ahí a disposición de todos, en todo momento. Reclámala.

Por Jorge Herrera