Para pensar sin pensar





“En la serenidad emerge lo maravilloso,

en la luz se olvida todo afán.”

Mò zhào míng

Canto a la Luz Serena




16 de abril de 2014

La vida SIN

 
La moda de todo SIN se extiende como la pólvora: bebidas sin alcohol, cerveza 0,0, tabaco sin humo, mujeres sin curvas, piel sin pelo, comida sin calorías, ni grasas, inclusive sin sabor…entre los anuncios publicitarios que predominan a día de hoy.
 
En una época en que la austeridad es una de las máximas consignas para salir del hoyo, parece que renunciar  a los placeres de la vida es un sacrificio inherente.
 
Quedan atrás aquellos interminables festines de la Edad Media donde nobleza y dignatarios  eclesiásticos hacía gala de su desmesura glotonería  y afición por la buena mesa, Carlomagno o el propio Carlos V considerado el emperador de mayor gula. Comían con fruición y desespero como si no hubiera un mañana sin librar luego las consecuencias de tales apetitos, gota, indigestión y otros males.
 
En la lucha contra los excesos la retórica del miedo puede ser el peor castigo autoinflingido y a su vez  más efectivo. Basta leer ‘La Divina Comedia’ de Dante Alighieri cuya epopeya religiosa inducía a la humanidad apartarse del pecado y optar así por el camino de la virtud, pues solo las almas presas de la disipación están condenadas al infierno.
 
Sin embargo no nos engañemos casi siempre las privaciones han  estado supeditadas a una cuestión de clases. En el medievo mientras que unos satisfacían sus apetitos hasta hartarse otros en cambio soportaban grandes hambrunas; ahora mientras unos hacen y deshacen recaen en el resto sus decisiones.
 
Se dice que las costumbres forman parte del contexto, algo que parece cierto. De la exuberancia hemos pasado al nihilismo, entendido como la negación del mismo valor de la existencia. Las redondeces de las mujeres que en sus lienzos plasmaba Rubens quedan en la actualidad reducidas al patrón de una línea recta, dominio de la extrema delgadez y efectos colaterales, contar una por una cada caloría, examinar al detalle lo que nuestro cuerpo ingiere. El ruido, contacto, jarana y barroquismo se ha diluido en la rigidez del maniático.
 
En ciertos casos suprimir es señal inequívoca de buen refinamiento pero convertirlo en algo genérico parece un insulto a los dones regalados. En cualquier caso los extremos nunca deberían ser la opción; ni antes, ni ahora.
 
Por contra el movimiento minimalista puede representar una visión inteligente, también práctica, al despojar los elementos sobrantes, superfluo pero conservar lo esencial. Concebido como una alternativa sostenible en perfecto equilibro con el mundo que nos rodea.
 
Este es el arte del funambulista al moverse con destreza entre la línea del placer y hastío, el cuerpo y la mente.  Lejos de una existencia anodina es nuestra la decisión de saborear la vida, aun imperfecta con sus errores y aciertos.
 
Jorge Dobner

Fuente: En Positivo
 

15 de abril de 2014

La educación del futuro: entender el cerebro humano

 
La velocidad a la que cambia el mundo exige avances muy rápidos y asertivos de todos los sectores, y la educación no es la excepción. Para sobrevivir hay que adaptarse y cambiar, y por esta razón los paradigmas y postulados de la educación del pasado, así como los fundamentos y creencias tradicionales, están siendo reemplazados de manera muy rápida por avances científicos, tecnológicos, descubrimientos, y nuevas posturas respecto del futuro.
Ya no se trata de “remendar viejos conceptos” (innovaciones) ni de arreglar las sillas mientras el barco se hunde, (acreditaciones y certificaciones) . Los retos que se están imponiendo, obliga ubicarse desde diferentes perspectivas, dimensiones, y fundamentos conceptuales, pues solo así será posible concebir nuevos pensamientos y propuestas y sobre todo nuevos caminos desde los cuales se construyan verdaderos sistemas de dinámicas formativas.

Estas nuevas aproximaciones a la educación de futuro deben poder identificar los factores de vulnerabilidad de niños, jóvenes y adultos de las distintas comunidades y así encausar los esfuerzos y recursos en función de los nuevos diseños de formación que necesita el futuro de esas personas y de todas las demás.

Por ejemplo, la razón por la que existen fenómenos como la corrupción, la violencia, el crimen, el bullying, entre otros, deben ser abordados, no desde sus efectos nefastos, sino desde la estructura misma de sus paradigmas educativos. En este caso todas las instituciones deberían revisar sus concepciones y esquemas de formación. La verdad es que necesitamos nuevos paradigmas.

Uno de los factores que es preciso identificar, abordar y profundizar, es el que se ha venido construyendo desde las neurociencias, los estudios sobre cerebro humano, y el comportamiento de los individuos. Este, que es el primero de los cuatro factores que abordaremos en estas entregas, (neurociencias, bioética, economía e innovaciones disruptivas) es vital como referente de los nuevos procesos de formación, al tiempo que reemplazará a las viejas creencias, conjeturas y suposiciones (componentes de las viejas pedagogías).

La neurociencia cognitiva, que es la que se ocupa de los procesos de aprendizaje del cerebro, tiene su origen al comienzo del siglo XIX pero su fundación como ciencia no se dio sino hasta los años 1950, cuando preocupaciones conductuales, de lenguaje y comportamiento empezaron a ocupar las agendas de académicos pioneros como George A Miller y David Marr. Con los avances de esta ciencia, actualmente sabemos con determinada certeza lo que pasa cuando alguien aprende y la forma como se desarrollan las habilidades en los seres humanos.

Por tanto, aprender cambia de sentido, porque cambia de contexto. Aprender hoy es muy diferente de lo que fue ayer y es fundamental entender y comprender esto para eficazmente transformar los procesos de formación. No se puede obviarlo y seguir dictando asignaturas fragmentadas, inconexas y sin mucho sentido.

Aquí es cuando entra a jugar una de las categorías de la educación del futuro: la oportunidad educativa. Ésta tiene que ver precisamente con procesos formativos continuos, que permitan la estructuración cognitiva, con las condiciones internas de las personas, (los niños y los jóvenes) y con las condiciones externas o los factores que coadyuvan y conforman un todo formativo desarrollado con éxito.

Esta categoría de formación es la más significativa en la nueva educación de futuro. Todo gira alrededor de ella y ella gira alrededor de la autonomía, como antesala de la libertad. Las nuevas relaciones entre los diferentes agentes de formación se establecerán a partir de los avances de las neurociencias, pues ellas señalaran con cierta asertividad lo que hay que hacer para que la relación entre quien se forma y quien diseña los procesos y los acompaña, tenga sentido.

Esto plantea un nuevo espacio de formación de los nuevos maestros quienes serán ya no solo profesores, sino formadores. El nuevo maestro formador del futuro surge y se forma desde nuevos fundamentos, procesos y métodos, y establecerá otro tipo de relaciones con quienes se forman.

Queda mucho camino por recorrer en esta sección que nos va a plantear retos apasionantes a los cuales estamos invitando, no solo a acompañarnos en la reflexión, sino fundamentalmente a hacer parte real y activa por medio de la conformación de equipos de investigación en las instituciones que estén ya convencidas que es preciso caminar de manera productiva y contundente por otros caminos, los caminos del pensamiento divergente y de la educación de futuro. Queda abierta la invitación.
 
 
 

12 de abril de 2014

El don de la prudencia

 
Platón relaciona la prudencia con una sabiduría práctica de vida. Se entiende como faro y luz de una conducta discreta, el ojo del alma, según la bella expresión aristotélica; pero su fuerza visual y consistencia interior no vienen sólo del desarrollo intelectual, sino de la salud íntegra del organismo, esto es, de la habilidad práctica que surge en una persona atenta que se comporta de forma ajustada ante la realidad.
 
"De hombres es equivocarse; de locos persistir en el error", dijo Cicerón. También se expresa popularmente que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. La razón sin razón de todo esto la hallamos en que motivado por la luz de sus impulsos, los seres humanos viajan infatigables en pos de sus deseos, dejando atrás en lo posible todo aquello que aísle los anhelos planteados, sea cual fuere el signo que los caracteriza. Sin embargo, las personas cuentan con el don de la prudencia, esto es, cuentan con la astucia de una serpiente, la fortaleza y presencia del león, la agilidad del guepardo o la perseverancia del escarabajo que trabaja paciente, incansable y silenciosamente hasta recoger por fin el humilde fruto de su esmero. 
 
El termino prudencia proviene del latín previdere y significa ‘ver antes o tener visión’. Por otro lado recordemos que los filósofos latinos coinciden en los términos prudentia y sapientia, entendidos como sinónimos de sabiduría. Al primero le adscribieron la experiencia y al segundo la ciencia. En cualquier caso, no podemos confundir la astucia y la cobardía con la prudencia, ya que ésta requiere discernimiento y buen juicio para obrar en armonía. Muchas prudencias no son más que la manifestación del miedo. A veces la prudencia que algunos reclaman a la hora de ir a apagar el fuego de la casa del vecino, contrasta con el nerviosismo y la impaciencia a la hora de mirar hacia su propia casa, donde ni siquiera se avista todavía el menor rastro de humo. Las percepciones que tomamos de las cosas juegan un factor importante en nuestro juicio y nublan la razón.  
 
Por ello, la no consideración pierde de vista el carácter único de las cosas y la inconstancia olvida permanecer con acérrima voluntad ante los obstáculos. Así pues, la deliberación a la hora de actuar prudentemente, tiene que verse desde un punto de vista desapasionado y objetivo. Asimismo conlleva un gran sentido de responsabilidad, ya que se apersona de las consecuencias de sus acciones mientras que la astucia utiliza medios aparentes como la simulación. De forma hermosa lo expresó Marco Aurelio: “ten presente que el término «prudente» pretendía significar en ti la atención para captar cabalmente cada cosa y la ausencia de negligencia.”  
 
En resumen podemos decir que una persona prudente delibera lo necesario sin precipitarse, sabe pedir consejo, mira las consecuencias de sus actos, toma decisiones con la eficacia necesaria, a la vez que posee una escala de valores intrínsecamente correcta que orienta su actuación. Con todo ello, podemos deducir que la prudencia se convierte entonces en la guía de la libre voluntad, pues no se orienta, gobierna ni reglamenta ella sola y por sí misma, sino que requiere de la razón para conocer y el discernimiento justo para comparar, así como el equilibrio para finalmente generar la unidad en todos los actos.
 
 
Denkô Mesa
 
12 abril 2014

 

10 de abril de 2014

El misterio del silencio y la vía mística



Nuestra cultura tiene una relación paradójica con el silencio. Por un lado, lo hemos identificado con la divinidad o con lo místico (lo más valioso de lo inmaterial), ya sea como una cualidad de lo divino o como una estructura o una dimensión que permite lo místico —o al menos esa paz que nos brinda entendimiento. Por otro lado, hemos manifestado un consistente pánico hacia el silencio y el vacío, llenando el espacio de ruido y cosas innecesarias en un abigarrado impulso barroco que puede leerse como una forma de escapar del presente y de la inmanencia del ser.

El auge de la espiritualidad occidental, remezlcando tradiciones orientales, se sustenta en la idea de que es necesario encontrar el silencio para poder recibir visiones significativas, para aquietar la mente y poder escuchar la voz interna y encontrar el equilibrio que trae la sabiduría —más allá del mundanal ruido. Creemos que al acercarnos al silencio —aunque este sea ya una abstracción, un reciclaje metafísico o una utopía— nos acercamos a una región sagrada, donde el ser yace prístino, incontaminado en una especie de eternidad. Hay en el silencio algo como una nostalgia del principio del mundo. Existe incrustada en nuestra psique la noción arquetípica de que el origen es superior al devenir de una cosa —acaso apuntalada en el hecho de que lo inmanifiesto cuenta con un potencial relativamente ilimitado— y que el tiempo va despojando a las cosas de su pureza. El Tao, nos dicen, “es como un bloque de madera sin tallar”.

Wittgenstein expresó esta primacía misteriosa de lo inmanifiesto o inefable en el Tractatus: “Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto es lo místico”. Aldous Huxley expresó más o menos la misma idea: “Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música”. A esto habría que añadir, citando también a Wittgenstein,”lo místico no es como es el mundo sino que sea”. Tenemos aquí la idea de que lo místico no es como nos decimos que es el mundo, sino la experiencia pura, directa e incomunicable del mundo, o del ser sin aditamentos o artificios lingüísticos, aquello que expresa lo inexpresable es lo que “se muestra a sí mismo”: lo que comunicamos sin palabras es nuestro ser. Es doblemente paradójico porque también tenemos la impronta mitológica de pensar que el mundo se creó con lenguaje y por lo tanto la palabra es sagrada —quizás todo lo más porque se desprende del silencio, que es igualmente o más sagrado, el valle sobre el cual se erige el mundo. En cierta forma, el silencio cuenta con un aura que lo hace pasar por el lenguaje de los dioses. El naturalista e idealista Ralph Waldo Emerson escribió: “Hagamos silencio para escuchar el murmullo de los dioses”, como si detrás de la ofusación de nuestros sentidos anegados por el ruido corriera un rumor claro de río, un lenguaje transparente en el que los dioses cifran los secretos de la creación.

Nuestra fascinación por el silencio, sin embargo, está llena de contradicciones: como lo es la frase “llenar el vacío”. En cierta forma al desear el silencio, pero casi erradicarlo de nuestras vidas internas y externas. padecemos una especie de autosabotaje. Una de estas paradójicas manifestaciones se desdobla como la negación del espacio que caracteriza a nuestra era. Desde el emblemático pavor sentido ante “el silencio eterno de los espacios infinitos”, expresado por Pascal, nos hemos defendido de esa permeabilidad cósmica que supone el vacío y el silencio. La industrialización de la producción se afianzó sobre este nuevo paradigma en el que la Tierra dejaba de ser el centro del universo —y amanecíamos en un cosmos ilimitado, desconocido e indiferente— para aniquilar el vacío y abarrotar nuestra existencia de objetos, incluso, ya en el mundo contemporáneo, invadiendo espacios inmateriales de objetos digitales. Nos gustan la amplitud, los huecos, las formas que evocan el vacío; pero al mismo tiempo ante ello sentimos un nerviosismo, una premura (¿el tremor de lo místico?) y nos arrojamos a llenar el espacio, a volcarnos sobre la cavidad, sobre el cero que no podemos más que llenar de unos. Nos cuesta sostener la mirada de una persona que conocemos o de un extraño y permanecer en silencio: el silencio es incómodo y huimos de él.

En una cultura donde la información se multiplica de manera prolífica y donde es mucho más fácil seguirr parloteando, generando más y más información, el silencio toma la cualidad de una rara joya. Las palabras —aunque en algún momento sagradas— fácilmente se prostituyen, pierden su poder, se vuelven comunes y corrientes. Su poder es más bien negativo: somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio. Es más, sólo quien tiene silencio —ese real statemetafísico, ese oasis— puede ser dueño de sí mismo. Pero el silencio está en extinción, es el dominio de una élite, es un capital místico.

¿Cómo se convirtió el silencio en un producto de lujo?

Un reciente artículo en The New Republic traza la historia de cómo el silencio se ha convertido en una industria: existen muchas personas que están dispuestas a pagar buen dinero por tener habitaciones silenciosas, por volar en aviones silenciosos o comer en lugares silenciosos. Desde siempre el silencio ha sido valuado y el ruido aborrecido. El sustento de la armonía urbana y la convivencia a través del silencio se remonta por lo menos a tiempos de la Antigua Grecia, en la que podemos ver ya un rasgo de un problema moderno. En la colonia de Sibarí (hoy Italia, hoy un lugar al que quizás iríamos a buscar esas vacaciones de silencio y paraíso), se obligaba a los artesanos cuya profesión era por naturaleza ruidosa a vivir fuera de los muros de la ciudad. En tiempos de la Reina Isabel de Inglaterra, los hombres no podían golpear a las mujeres después de las 10 pm, una consideración que sólo parece tener en cuenta el sueño de los otros hombres y no, por supuesto, a las chillantes mujeres.

Es más fácil huir de algo que visualmente nos molesta; el sonido indeseado en cambio se cuela por cualquier reducto y envuelve las cosas. Era el canto de las sirenas lo que llevaba a la perdición de los marineros. El ruido perturba cualquier fluidez que podamos alcanzar: “es la más impertinente de las formas de interrupción”, escribió Poe. Esto se acentúa aún más en la modernidad, en la que el perenne bombardeo informativo nos acerca a la neurosis: se nos estimula incesantemente sin que podamos obtener la misma cantidad de gratificación —el ruido puede sacar nuestra peor parte y nos puede precipitar al desquicio.

Entre este pequeño boom de productos o experiencias silenciosas, The New Republic destaca: una lavadora de platos que no hace ruido (y que se vende por 1,700 dólares); una aspiradora (de 600 dólares) que cuenta con el aval de un estudio científico en el que los sujetos participantes pudieron seguir su sueño pese a que se encendió la aspiradora; Bose vende desde el 2000 audífonos que cancelan el sonido en 299 dólares; o Lexus, cuyo híbrido Sedan es descrito así: “uno de los aspectos más lujosos de conducir este auto es su casi absoluto silencio”.

Como contraflujo al impulso de hacinamiento de objetos y la generación de una panoplia de estímulos —las huellas de esos objetos—, en nuestros días la ausencia se ha vuelto un bien suntuario. Muchos productos actualmente ya se venden por lo que no tienen —gluten, azúcar añadida, plástico y ahora ruido.

Anechoic_chamberEn el trajín de la existencia en ciudades y corporaciones, todos creemos que merecemos o que necesitamos nuestra rebanada de silencio, generalmente parte de un conjunto postal que incluye una playa virginal o una montaña majestuosa y una experiencia que provee un respiro y que generalmente nos permite regresar a la vida cotidiana con una mayor tolerancia: el silencio compra tiempo. Desde el Vipassana a las Bahamas, buscamos retiros o vacaciones que nos puedan otorgar ese oro interno del silencio.

Experimentar el silencio total, sin embargo, es prácticamente imposible para el ser humano ya que en cualquier punto de la tierra hay con menor o mayor sutileza ruidos generados por la misma atmósfera —sin decir nada sobre aquellos ruidos generados por nuestro propio pensamiento—, por eso el silencio ha cobrado sobre todo una connotación metafórica, casi etérea, de algo más, a lo que se llega cuando se aquieta la mente o cuando nos descomprimimos y nos extendemos en un espacio más amplio. De aquí también florece la industria de la meditación o del “mindfulness” que promete brindar una serie de técnicas para encontrar ese silencio dentro del tren de la vida moderna. Una técnica que en teoría sugiere liberar al hombre del mundo exterior, que es incontrolable y esencialmente frustrante, construyendo un santuario interior, un reino de silencio.

Para la modernidad secular, el silencio encarna la utopía de las vacaciones eternas. Casi con una banda sonora de tenues olas, brisa y garzas, un ritmo pausado, una lentitud, una disolvencia crepuscular, un triunfo sobre el sistema corporativo y el continuum de la producción. Casi el completo antípoda de la vida frenética de la ciudad, con los altos edificios que recortan el horizonte y con una incontrolable matriz de ruidos que se despliegan a todas horas. El ruido también tiene una connotación metafórica: es toda información que nos impide procesar de manera fluida la información que nos atañe o hacer sentido de esa información. En realidad comúnmente cuando nos referimos al silencio hablamos sobre lugares con muy poco ruido o sin ruidos generados por el hombre.  Sin embargo, existen, con fines de investigación científica, las cámaras anecoicas: habitaciones que por los materiales que recubren todas sus superficies evitan que las ondas sonoras reboten y se amplifiquen hasta la audición humana. Las personas que han experimentado una de estas cámaras sin ecos suelen describir sus experiencias como estados de conciencia alterada, que a veces alcanzan un cierto eco místico—como reza el koan: “no tengo nada que decir y sin embargo lo estoy diciendo”, expresión inexpresable, pero también suelen producir terror. Hay algo que nos aterra y nos fascina del silencio.

Eso es todo lo que podemos decir, y ya es mucho, porque de lo que no se puede hablar hay que callar.



8 de abril de 2014

¿Te gustaría pintar tu vida de otro color?


En muchas ocasiones podemos sentir que todo nuestro alrededor está confabulando para fastidiarnos el día, la semana o el mes, y en esos momentos me da por pensar ¿Tan importante soy como para que todo el universo se ocupe en molestarme? Con toda probabilidad no, no somos tan importantes. ¿Entonces qué ocurre?
 
Te has parado a pensar en esos momentos ¿Cuál es tu actitud? Posiblemente no sea la de sonreír ante las circunstancias, tal vez no sea la de “hoy todo va a salirme bien”, ni ninguna parecida. Incluso tal vez sea más del tipo “a ver quién viene ahora y me fastidia”, “a ver qué puede salir mal ahora”, ¿estoy en lo cierto? No hace falta que me respondas a mí, se sincero contigo mismo.
 
Me encanta el cine, y en más de una ocasión he proyectado alguna película en la pared, a falta de una pantalla de proyección, buena es una pared. Aunque el resultado claro está que no es el mismo, ya que las veces que la pared había sido pintada con gotelé, resultaba que si te fijabas en las caras de los actores, todos tenían pequeños bultos.
 
En otra ocasión recuerdo que la pared era lisa, pero el color de la misma era bastante amarillo, lo que hacía que todos los actores parecieran enfermos, eso si, para una película de epidemias era perfecto. En verdad las películas no eran así, sus imágenes eran perfectas y de alta definición, pero según mis circunstancias, según donde yo las proyectara, esto afectaba a cómo yo percibía la película y sus actores. No sería justo valorar la calidad del maquillaje ni la fotografía, sabiendo que yo mismo estaba distorsionando la realidad original, ¿verdad?
 
Lo mismo ocurre con lo que nos sucede cada día, sea cual sea la escena, será modificada según sea la actitud que nosotros tengamos hacia ella. Tanto tú como yo hemos vivido momentos que no han resultado fáciles, pero que debido a nuestra actitud, los pasamos de la mejor manera, incluso hemos sacado algo positivo. Imagínate que cada día lo afrontaras con una actitud de “pase lo que pase, yo sonreiré, porque sé que en el fondo y con el paso del tiempo no será tan importante, y además aprenderé algo de ello que me será útil para el futuro“, ¿te imaginas cómo será tu vida con esta actitud?
 
Elegir la actitud es algo que solo puedes hacer tú, y que jamás nadie podrá arrebatarte, ¿Cuándo comenzar? ¡Ahora es el mejor momento! ¡Sin excusas!
 
Por Fernando Álvarez